Había una vez, un cangrejo que caminaba por las extensas dunas de una playa hasta ahora jamás tocada por el ser humano. Una gaviota que volaba por el área, advirtió la presencia del crustáceo y bajo a su encuentro. Se paró frente a él con ojos voraces y le habló. El cangrejo, que poco entendía lo que la truculenta criatura le decía, se hartó rápidamente de esperar el fin del discurso e intentó ignorarle para seguir con su camino. Pero al intentar pasar de lado al avechucho, este le asestó con un fuerte picotazo en el centro de la dura concha que le protegía. Al sentir el impacto, el cangrejo retrocedió con gran velocidad y miró temeroso a su agresor, que seguía parloteando sin descanso. El discurso, largo, rebuscado e interminable, no parecía tener intención alguna. Simplemente frases incoherentes desfilaban una tras la anterior, golpeando al crustáceo, aturdiéndolo.
Sin poder pensar, el cangrejo intentó atrapar a la gaviota con una de sus filosas tenazas, pero la gaviota de un ligero aletazo, se alejo a una distancia segura de las agresiones de la victima de su cháchara, y continuo con su incomprensible plática. El aturdido animalejo, intentó otra vez y otra vez, fallando en cada uno de sus intentos. Y después de un rato de necedad por parte de la gaviota, la furia se poseyó del cangrejo. Intentó de nuevo pasarla por un lado, y como era de esperarse, el picotazo se dejo sentir. El cangrejo con rapidez, tomó al ave por un ala y la rompió al instante. Con mucha fuerza, derribó al ave, que en agónica desesperación continuaba, ahora gritando, el discurso que había empezado unos minutos antes. La segunda tenaza ahora tomo el pico y lo descuartizo, dejando salir la sangre a borbotones, exponiendo la fina y delgada lengua de la gaviota, que sangrando, se sacudía como intentando enunciar frases que ahora sonaban como gorgoteos. Tomando la segunda ala, el cangrejo, en su oleada de ira, no dudó ni un momento y la cortó, dejando ambas partes del miembro unidas por un fino cartílago. Pero la gaviota seguía balbuceando. Tomándola por el cuello con su brazo mas poderoso, abrió y cerro su tenaza con fuerza, destrozando músculos y vértebras, hasta que la mutilada cabeza por fin se desprendió. El cuerpo de la gaviota se sacudió en espasmos hasta que su agonía terminó.
El cangrejo continuó con su camino, pero después de algunos pasos, miró el cadáver que había dejado atrás y entendió. La gaviota en su sabia búsqueda de la verdad y saber a través del tiempo, se acerco al cangrejo para brindarle su amistad, ya que su interminable viaje le había llenado de soledad y tristeza. Este sufrir inmenso le obligó a acercarse al cangrejo,al cual le tenia un pavor increíble, en busca de amor, y que, si su aprendizaje no le engañaba, era inmortal y que por conclusión propia dedujo, era la más sabia criatura de la creación. Y para demostrar que no era un animal imbécil como lo es el hombre, la gaviota comenzó a recitar casi todas las verdades absolutas y las respuestas a toda duda existencial que pueda caber en el universo, las cuales le habían sido reveladas durante su travesía de conocimiento. Y sin embargo, sin tentarse su frío corazón, el cangrejo le había destazado con furia; y no porque el discurso del ave fuese una vil falacia, ya que el estúpido crustáceo no tenia ni idea de que hablaba el sabio animal, sino porque el mensaje era tan poderoso, que el subconsciente del cangrejo, temeroso de salir de su calmada ignorancia y de que el hambre por conocer despertase de su impávido sueño, en su confusión y locura le obligo a cometer el homicidio.
El crustáceo en este punto de su tosco razonar, se dio cuenta que caminaba en la dirección equivocada y, olvidándose por completo de lo que acababa de suceder, corrigió su rumbo. Siguió así, por el resto de su eterna vida, caminando sin saber a donde, ya que es cierto que los cangrejos son inmortales y sin embargo, muy estúpidos.
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martes, febrero 21, 2006
martes, enero 10, 2006
El conejo y la espada
Iba el conejito saltando por el bosque. Y de pronto, se encontró una espada. El resplandor ocasionado por el reflejo del sol en ella, atrajo al intrigado conejito. Paso a paso se fue acercando, hasta que por fin se paró junto a ella. El espíritu guerrero de la espada envolvió al conejito, y este, ahora en un maniaco trance, tomó la decisión de nunca volver a abandonar a su hermoso y brillante tesoro.
Esa noche el conejito durmió junto a la espada.
Al despertarse, la miró de nuevo, y con frenética obsesión decidió tocarla. Sintiendo primero la tosca empuñadura, el frió del metal provoco escalofríos al conejito. Pero conforme su patita se movía hacia arriba, el sensual deleite al que sometía a su tacto, le obligó a lamer la espada. Al llegar a la cuchilla, era su cuerpo el que en espasmos se rozaba con el arma.
El conejito se tiró exhausto en la hierba. Sus dientes chasqueaban de frío y su respirar era pesado y moribundo. Una lechuza que se encontraba cerca, al oler la pestilente agonía del conejito, veloz cual saeta le prensó con sus filosas garras y se lo llevó para destazarle y comérselo después.
La espada, saciada después de arrebatarle la vida al conejito, se quedo ahí en fría soledad, brillando hermosamente en medio del bosque, esperando a que le diera hambre de nuevo.
Esa noche el conejito durmió junto a la espada.
Al despertarse, la miró de nuevo, y con frenética obsesión decidió tocarla. Sintiendo primero la tosca empuñadura, el frió del metal provoco escalofríos al conejito. Pero conforme su patita se movía hacia arriba, el sensual deleite al que sometía a su tacto, le obligó a lamer la espada. Al llegar a la cuchilla, era su cuerpo el que en espasmos se rozaba con el arma.
El conejito se tiró exhausto en la hierba. Sus dientes chasqueaban de frío y su respirar era pesado y moribundo. Una lechuza que se encontraba cerca, al oler la pestilente agonía del conejito, veloz cual saeta le prensó con sus filosas garras y se lo llevó para destazarle y comérselo después.
La espada, saciada después de arrebatarle la vida al conejito, se quedo ahí en fría soledad, brillando hermosamente en medio del bosque, esperando a que le diera hambre de nuevo.
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