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domingo, octubre 26, 2008

Non Sequitur - 1

Me sorprendió que me llamara. Ella. Me sorprendió que me llamara ella en especial. Quería verla, a la pecosa. Mi estómago se revolcó de alegría, como si aún tuviese 16. Yo creí que nadie iba a hacer caso de la invitación, mucho menos la pecosa; después de todo soy su profesor. De todos ellos. Ellos, tan metidos en sus ondas esas, tan “indies”, tan pretenciosos, tan faroles. Sin futuro. ¿Qué puedo hacer yo? Yo lo logré porque tuve suerte. Porque tuve suerte y porque sabía lo que buscaba. Y hoy tengo suerte también, porque voy a salir con la pecas. Tan linda ella.

Voy a salir con mi profesor. Es tan original y alternativo y elocuente y… sus clases son un gozo interminable ¡Sabe tantas cosas! Y cosas interesantes. Como él mismo. Es tan interesante y tan genial en lo que hace. Al principio tenía mis sospechas, al principio creí que era un maestro más. Pero no, él no. Él es diferente. Él tiene algo que decir, algo que enseñar. Como ser humano. ¡No sólo como maestro! Estoy segura. Él es una de esas personas. De esas que la fortuna te pone enfrente para llenar el vacío que sentías, para mostrarte que hay horizontes tras el horizonte. Qué bueno que le llamé.

La pecas huele tan bien que me cuesta concentrarme. Es increíble que sea capaz de conversar de esta manera con alguien de su edad. Desde el primer momento supe que ella era distinta. Que era especial. Es tan inteligente y mordaz y astuta y articulada que… Dios. Y además le encantan los perros y es tan dulce con ellos y tan buena. Ella y yo salimos a pasear a Keats y sus ojos no dejaron de brillar durante todo el camino. Keats es especial, es un perro muy grande y sin embargo, muy hermoso. Cuando salgo a pasearlo la gente se acerca a preguntarme por él, su raza y todo eso. Y luego quieren tocarlo como si fuese pieza en museo interactivo. Pero es un perro, no un juguete. Por eso siempre lo saco a pasear en la noche… muy noche. Para evitarme todas esas escenitas que ni Keats ni yo disfrutamos. Pero hoy estoy con la pecas, así que decidí sacar al perro temprano, para ver si la impresionaba. Y parece que lo hice. No perdí tiempo y se lo dije. Le dije que me interesaba algo más que una amistad con ella. Fui un impulsivo, lo sé. Me dejé llevar. Pero así somos los artistas: pasionales, emotivos, en el momento.Ella me dijo que tiene novio, pero estoy seguro que entre ella y yo hay electricidad. Hay... algo que no podrá negar, por más indispuesta que se muestre. Ella y yo tenemos que estar juntos.

El profesor tiene al perro más hermoso que he visto en mi vida (después de los míos, claro está). Salimos a pasearlo juntos, es un divino pastor belga. La gente nos detenía para preguntarnos su raza y si era perro de concurso y todas esas cosas. Se llama Keats, por John Keats, el poeta. La verdad me parece muy original, ponerle nombre de poeta a su perro, es de cierta forma muy romántico. Estuvimos platicando todo el tiempo, me contó de su vida en Argentina y en Bélgica y en China. ¡Sabe tantas cosas! Y su conversación es tan amena. Hacía mucho que no sentía una conexión así con alguien. Ya no platico así ni con el Cochi y eso que somos novios. Por eso cuando me dijo que quería que yo me enamorara de él, sentí que el estómago se me encogía. Le dije que andaba con el Cochi y él no lo tomó a mal. Dijo que estaba bien ser sólo amigos. Pero yo no estoy tan segura. No sé si sólo quiero ser su amiga. Luego del perro fuimos al museo, a la exposición que me prometió. El muy lindo pagó el boleto él. Entonces me llamó el Cochi. Le dije que estaba con el profesor y no pareció hacerle gracia. Me dijo que tuviese cuidado con él, que sólo quería aprovecharse de mi. No voy a mentir, eso me hizo enojar. Ana me llamó también y dijo exactamente lo mismo.

Después del museo regresamos a mi departamento. El museo estuvo… entretenido. La verdad esperaba más. La pecas pareció divertirse, sin embargo. Supongo que no pudo evitarlo, es muy joven para conocer la diferencia entre lo bueno y malo. Yo voy a enseñarle. Me confesó que sus amigos le llamaron y cuando dijo que estaba conmigo ellos dijeron que yo quería aprovecharme de ella. Lo dijo riéndose, como esperando a que yo me riera con ella. La verdad, no le encuentro la gracia por ningún lado. Me siento furioso. Furioso porque ahora ella duda de mi, lo sé. Me puse a pintar un poco mientras ella exploraba mi estudio (que está en la parte de arriba de mi casa). Luego me pidió el teléfono. Llamó a alguien, quizá a su novio. Le pedí que no volviera a decir que estaba conmigo para que no me difamaran más. Llamó para ver si esa persona asistiría al bar al que invité a mis estudiantes ayer. Cuando colgó, me miró y dijo que nadie iba a ir. Luego se levantó en dirección al baño y yo me interpuse.

No me dejaba pasar, así que levanté la mirada y me los encontré. Me encontré a sus ojos retando a los míos. Nos miramos un segundo. Luego empezó a acercar su rostro lentamente hacia el mío y yo, por algún motivo, decidí no moverme. Cerró los ojos. Yo casi lo hice. Cuando sus labios apenas tocaban los míos lo empujé. “¡Hey!” le dije “Así no voy a salir contigo”.

“Pues entonces no me mires así” le contesté.

“¿Mirarte cómo? Así miro a todas las personas”

“Entonces no deben faltarte besos, pecas. Si miras a todos así” Le contesté. Ella rió sarcásticamente, me empujó y se metió al baño.

Me quedé un rato simplemente recargada contra la puerta, recuperando el aliento. Había lágrimas en mis ojos, pero no sé si eran de alegría o de tristeza. Mi corazón latía muy fuerte. Quiere que me enamore. Si lo hubiera dejado besarme, posiblemente ya lo habría hecho. No puedo dejar de darle vueltas en mi cabeza. ¿Qué puedo hacer? No puedo dejar de pensar en que quizá quería que me besara. ¿Vale la pena dejar ir a alguien así por el estúpido del Cochi que ni siquiera parece que me valora?

Se me fue ese beso. Pero me emocionó. Me emocionó mucho. La pecas me emociona y me alegra tanto haber vuelto sólo para conocer a alguien así. ¿Qué más da si es mi estudiante?

Fuimos después a una fiesta de algunos amigos del profesor, ya que ninguno de mis amigos pensaba salir conmigo. Era una fiesta como esas de las películas. Con gente rara y con cosas extrañas sucediendo en todos lados. La cerveza era gratis, pero el profesor no me dejó tomar. Él tampoco tomó. Sólo hablamos, durante horas y horas. Ni siquiera hubo esos silencios cortos que hay cuando cambiábamos de un tema al otro. Nos reímos tanto. Me presentó a muchas personas interesantes, puros genios de sus profesiones. Gente de currículos espectaculares y de apariencias extravagantes.

Platicamos hasta las 5 de la mañana. No quise que tomara para que no creyera que quiero aprovecharme de ella. Le dije de nuevo que me gustaba. Le dije que estaba interesado en algo más que amistad. Y ella me volvió a decir que no podía corresponderme.

Porque por más que me duela y por más estúpido y desconsiderado que sea, amo al Cochi, y no puedo hacerle esto. Pero no quiero dejar ir al profesor. Sólo he convivido con él unas horas pero siento que ya lo quiero... porque… porque me atrae tanto. Pero tanto. Jamás siento atracción por nadie, jamás siento estos deseos de estar al lado de alguien. Ni siquiera del Cochi. ¿Por qué quiero estar entonces al lado del profesor? ¿Por qué lo deseo entonces?

Yo sé que no puedo ser sólo yo. Yo sé que la pecas siente algo también. Esta conexión no sucede con todos. Ella y yo tenemos algo. La pecas y yo tenemos que estar juntos. Ella lo sabe. Y vamos a estarlo. Yo lo sé.

jueves, marzo 22, 2007

Arteria

Arteria.

Era a las 6 en punto. A esa hora todos ya estábamos dentro de nuestro recinto asignado, mirando a través de la amplia ventana única. Debíamos esperar quietos la inspección. Podíamos sentarnos, podíamos permanecer parados. Lo que no podíamos era darles la espalada. Como regla, todos teníamos que estar a una distancia razonable de las personas con las que habitábamos, para así facilitar el conteo. Los muebles estaban prohibidos. Las cortinas también. Nadie podía ir al baño durante la inspección. Una ventana nunca era sondeada 2 veces en una noche de revisión. Si tu recinto ya había sido examinado, no podías salir hasta que la inspección terminara. Si alguien rompía las reglas, sufriría las consecuencias. Y ya que nadie quería sufrir las consecuencias, nadie sabía cuáles eran éstas.

Yo tenía los ojos bien abiertos, con el compás a medias y recargado en la pared. Sudando en frío y con el corazón como bólido. Quería ver si Acústica se había puesto en posición pero me daba terror quitarle la mirada de encima al vigilante. "Por favor que se haya puesto en posición. Por favor".
Me ponían nervioso las inspecciones.

Parecían hombres. Hombres enormes, dentro de una angulosa armadura metálica; bastante ceñida pero con unas hombreras colosales. Una capucha verde cubría sus cabezas y en su rostro siempre había una petrificante máscara blanca. En ella había una ranura por la cual brillaba lo que parecía ser un enorme y acechante ojo. Los vigilantes se trasladaban flotando por el aire, brincando y girando de ventana en ventana. A veces de cabeza, a veces de pie, frenando en seco, examinándonos y cambiando al siguiente recinto.
Nadie sabe cuántos vigilantes hay en total.

Después del minuto más largo del día, el vigilante, aparentemente ya satisfecho, giró velozmente hacia arriba para inspeccionar el siguiente recinto. Yo me quedé recargado en la pared, inmóvil.
-Siempre haces lo mismo-. Acústica se acercó a donde estaba yo. Ella era mi compañera de recinto.
-Ya se fue miedoso; ya puedes respirar de nuevo- Hacía 6 años se nos había asignado vivir en el mismo recinto. Mi hermano Hielo, de 16, aún vivirá un año más con mis padres.
Ella quedó huérfana a los 12 y se le asignó un recinto temporal hasta los 17. Fue entonces cuando la conocí -No entiendo por qué tienes tanto miedo, nunca hacen nada; sólo nos miran y ya…- dijo enfadada.
Desde el primer momento en que la vi, me había parecido muy hermosa; de cabello rojo y rizado, con centellantes y profundos ojos color ámbar acentuados por un par de largas y curvadas cejas. Su sonrisa completaba el hechizante conjunto; amplia y rebelde, brillaba por si desinhibición y su blancura. Su mirada parecía volverse aún más penetrante cuando sonreía.
-Lo siento- dije apenado como todas las noches. Ella suspiró.
-Lo sé, lo sé… es sólo tu forma de ser- Me dio una amistosa palmadita en el hombro. Me sonrió -Oye, voy con Hypno, regreso en la noche. ¿Tú vas a salir a algún lado?- Hypno era el novio de Acústica.
-Sí, también tenía pensado salir- contesté.
No sabía qué era lo que veía en ese patán.
-¿Irás a ver a Data?- Me preguntó.
-No… Data y yo rompimos hace dos semanas- respondí.
-No lo sabía… los siento tanto Tríler- dijo con mirada tierna, intentando consolarme.
-Nah, está bien, no te preocupes-.
-Okey… Vuelvo como a las 2 ¿Está bien?- confirmó.
-Dejaré la ventana abierta- le dije finalmente.
Ella tomó su esfera y saltó hacia uno de los cables. Giró sobre él unos segundos y cambió súbitamente de cuerda. Lo fue haciendo hasta que la perdí de vista.
Tomé mi esfera y salí también.

Todos en Disco vivimos en recintos. Estos nos son asignados a los 17 y no son intercambiables. El recinto es una habitación vacía en la cual dormimos. Nos está prohibido decorarla o amueblarla. Entre los edificios de recintos hay espacios sin fondo. Para conectar un edificio con otro, hay cables. Los cables son cuerdas de metal que conectan los recintos, generalmente localizados a 100 metros de distancia en línea recta. Estos cables continúan hasta la profundidad oscura, (la zona bajo los recintos) y hasta la altura última, (o la parte más alta de los recintos, desde donde se pueden ver los tejados y las altas murallas). Hay cables para ir a cualquier lugar en la ciudad de Disco. Para moverte en un cable, necesitas esferas. Las esferas se nos dan al nacer, y son instrumentos magnéticos que permiten adherirse al cable y moverse a voluntad a través de ellos. Sin esferas, no podríamos salir del recinto hacia la calle.

Odiaba salir. Pero odiaba el recinto. Sólo quería estar con Acústica.

Comencé a ascender, saltando de cable en cable. La gente pululaba en las calles como gusanos en carne podrida. Gusanos muy ruidosos. Por allá, el grito histérico de una madre al ver que su hijo perdía el control de su esfera y caía en las fauces de la profundidad oscura para no ser visto nunca más. La noche siempre estaba llena de sollozos. En las mañanas rara vez alguien caía. Un poco más arriba, los bohemios. Pacíficos, poéticos. Siempre con un verso en los labios, hablando en metáfora, abusando el hipérbaton. Mirada plástica, sonrisa falsa, palabras vacías. Por otro lado, a unos metros de profundidad oscura, habitaba la pandilla oposición, delincuentes que se dedican a crear caos, justificándose con palabras lindas como rebelión y libertad. Palabras que en realidad nadie puede definir.
Ambos grupos me enervaban. Sin embargo, muy lejos de oposición y una vez superados los bohemios… estaba altura última, el fin de los cables y mi lugar favorito desde siempre.
-¡Hermano!- gritó Hielo, mientras interrumpía mi acenso -Hermano, ¿A dónde vas? Ya es hora de comer-.
-¿Qué haces aquí Hielo? No puedes cruzar la zona de los bohemios hasta los 17…-.
-Lo sé, lo sé, tú no digas nada a nadie y no habrá problema; además, en un año más tendré 17, no sé cuál es el apuro- contestó Hielo con enfado.
-Es peligroso niño, debes regresar ahora- dije con voz firme.
-Tú también Tríler, es hora de comer-.
-No tengo hambre- contesté.
-¿Te sientes mal por lo de Data?-.
Hice silencio y le miré enfadado. -No, eso fue hace semanas… no es tu asunto de todos modos, déjame estar solo un rato-.
-De acuerdo, de acuerdo… ¿Pero prometes que no dirás nada a Mamá y a Papá?-.
-¿Sobre qué?- Le pregunté fingiendo.
-Sobre mi… en la zona bohemia…-.
-Lo sé Hielo- contesté inmediatamente decepcionado- era sarcasmo para demostrarte que ya lo olvidé…-.
-El sarcasmo nunca fue un don tuyo- dijo riendo entre dientes.
-Lárgte-.
Hielo se dejó caer en picada. Unos metros antes de llegar al nivel de mi recinto, se aferró a un cable con su esfera y entró por una ventana. Yo prefería mirar el cielo. Cielo negro, con un místico resplandor blanco en el centro, como el destello de un espejo en la oscuridad. Cegador. Sensual. Misterioso. Los tejados triangulares al horizonte sobresalían de la penumbra del interrumpido horizonte como delgadas líneas plateadas. Debajo de mi, el dorado resplandor de los candelabros horizontales. Al final del frío paisaje, las murallas que nos enclaustraban se entretejían con el cielo, dando la impresión de encerrarnos en una burbuja cósmica.
Pensaba sobre lo que podía haber más allá. El mundo de los vigilantes. Lo que hay detrás de la máscara. Qué razón habría para tenernos encerrados. La filosofía de mis noches consistía siempre de tales razones.
Después de unas horas de melancólica reflexión, decidí bajar con la esperanza de que Acústica estuviese ya en el recinto. No fue así. Suspiré. Con la ventana abierta como prometí, me desnudé, coloqué mi ropa en el incinerador y me fui a dormir a mi esquina habitual. Era aún temprano.

Todos los recintos tienen tres puertas internas, una de estas puerta conecta al un pasillo garganta, en cuyo final se encuentra la espina: una escalera en espiral al centro del edificio. Esta escalera lleva al piso equis. Había un piso equis en cada edificio. En el piso equis no hay pasillo garganta. En su lugar hay 3 puertas. Tras esas puertas hay 3 cafeterías. Todos los días en la mañana se nos asigna una cafetería con un mensaje bajo la puerta de nuestro recinto. Durante la noche, antes del amanecer, tenemos que quitarnos la ropa y llevarla al incinerador, localizado en la segunda puerta del recinto. Al día siguiente, más ropa aparece junto a esta. Siempre los mismos modelos. Distintos en cada recinto. La tercera puerta es un baño que consiste de una regadera y un tubo metálico que dispensa jabón.

Abrí los ojos la mañana siguiente. Estaba recostado en una esquina en posición fetal, mirando hacia la puerta que conecta el recinto con el pasillo garganta. Me levanté con pereza y me tallé el rostro. Miré alrededor. La ventana seguía abierta y sólo estaba mi ropa junto al incinerador. Acústica no se veía por ningún lado. "¡Hypno!" fue lo primero que me vino a la mente.
Me vestí apresurado y salté con mi esfera por la ventana. Las mañanas no eran muy concurridas en Disco generalmente. Ese día no era la excepción.

No tenemos que trabajar. No tenemos nada que hacer más que seguir las reglas.

-¡Tríler! ¿Cómo estás?- gritó Hypno al verme.
-¿Dónde está Acústica?- dije sin saludar.
-¿Qué?- se sorprendió -¿Y yo cómo voy a saberlo?- preguntó indignado.
-Ayer en la noche vino a verte y no volvió al recinto-.
-Eso es mentira… además ¿A ti qué? ¿Ahora eres su guardián o algo así? ¿No será que te gusta?- dijo burlándose.
-Hypno, ¿Dónde está acústica?- le repetí ignorando sus comentarios.
-Ya te lo dije, ¿Y yo cómo voy a saberlo?-.
-¡Ella ayer vino a verte!- le dije perdiendo la paciencia.
-Cuida tu tono- dijo serio -Hace más de dos semanas que no veo a Acústica-.
-No mientas, ella te viene a ver todos los días y se queda hasta tarde contigo…-.
-¿De qué hablas? ¿Por qué haría eso?-.
-¡¿Yo qué sé?!-. Me desesperé.
-¡Tríler, no estoy mintiendo! Desde que corté con Acústica hace 2 semanas, no la he visto-.
-¡Dime dón…!- Me petrifiqué- … ¿Qué?-.
-¿Qué?-.
Ambos estábamos confundidos.
-¿Rompiste con Acústica?-.
-¿No sabias? ¿Viven juntos y no sabías?-.
-¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?...- era un momento realmente vergonzoso- No, espera. ¿No sabes dónde podría estar?-.
-Acústica es una mujer adulta, sabe cuidarse sola… ¿O es acaso que tú y Acu…-.
-¡No seas estúpido!- Interrumpí desesperado.
La verdad es que extrañaba el rostro de Acústica. Extrañaba su voz y sus rojos cabellos. Su peculiar y cálido aroma. Su risa violenta y su delicada figura.
Pero no era ese el motivo de mi frenética búsqueda. Algo más oscuro me obligaba a encontrarle.
-¡Si Acústica no regresa antes de las Seis, entonces…¡-.
-¡Ja ja ja! ¡Olvidaba tu temor a los vigilantes!-.
-… ¿Cómo sab… ? ¡Olvídalo!-. Mi cabeza daba vueltas. Me invadía el pánico… cada vez mi visión se hacía más opaca.
Salté de ahí y me alejé aprisa. Acústica probablemente le había contado sobre mi miedo. Con él sí habla. Ella rara vez charla conmigo… Pero no. No era momento de pensar en ello. Faltaban sólo 8 horas para revisión. 8 horas para encontrarla.
El tiempo perdió coherencia.

Hora tres.
Con apagada disposición continué mi búsqueda. Como si no fuese suficiente que el paradero de Acústica se nublase conforme los minutos escurrían, ahora Hielo tampoco aparecía. Mi motivación se empezó a difuminar con la cálida brisa de medio día. Mi voluntad siempre ha sido muy endeble.

Hora uno.
La primera persona a cuestionar en la pequeña lista que formuló mi mente en tan desesperados instantes, fue mi hermano Hielo.
Lo abordé con violenta ansiedad y de alguna forma balbucee mi angustia junto con otros disparates sin conexión alguna a la situación. Hielo, amablemente y viéndome en tal estado, decidió ayudarme a buscar a Acústica. Además, me confesó que la noche anterior en su trayecto de regreso al recinto, vio a Acústica discutiendo con dos extraños, algunos cables bajo el nivel de su recinto. No me pudo especificar, sin embargo, la apariencia de estos individuos.

Hora seis.
Cuando abrí los ojos no pude ver a Hielo. A decir verdad no pude ver nada. Estaba envuelto por una oscuridad tan espesa que dolía. Intenté hablar pero algo había en mi boca que no me permitía abrirla. Intenté moverme pero fallé también; algo me lo impedía. Quizá la oscuridad, quizá estaba atado. Mi cuerpo estaba entumecido. Sólo el dolor de la penumbra se podía sentir. No supe si estaba de pie, sentado o acostado. Era como si flotase en la negrura de la nada. Como la luna lo hace durante las noches sin darse cuenta de la belleza de su resplandor. Me pregunto si yo brillaba también sin darme cuenta. Seguro lo hacía pero no podía verlo porque mis ojos no estaban en realidad abiertos. Sólo creía que lo estaban. Y ese malestar que me estrujaba no era más que un cegador y casi divino brillo escapando de mi cuerpo y haciendo sonreír a alguien que como yo, disfrutaba al verle.

Hora cuatro.
Me quedé dormido de cabeza en un cable aproximadamente unos treinta minutos. Un bohemio me despertó angustiado. Me asusté y llegó a pasar por mi mente la idea de golpearlo; pero no lo hice. Esto resultó beneficioso para mi casi muerto propósito: el bohemio afirmó haber visto a Acústica en el lado este de Disco. Describió a sus acompañantes como dos jóvenes mal encarados y de vestimentas roídas y sucias. Ambos tenían el cabello color rojo y se mantenían en constante (Y casi paranoica) vigilancia de sus alrededores. Los únicos que conozco que encajan en tal descripción son los misteriosos oposición. ¿Qué hacía Acústica con esa gente?

Hora siete.
Inmenso dolor. Toda mi piel se estrujó contra mi ceño en un desesperado intento de bloquear la potente luz que me taladraba el rostro. Sentí desesperación e intenté usar los brazos… acción que sólo puso en evidencia que mis extremidades estaban sujetadas por un mecanismo que jamás había visto. Lágrimas comenzaron a fluir intentando sanar el dolor de mis ojos. Después de un largo momento de agonía, logré entre abrir los ojos. Frente a mi estaba una mujer que se parecía a Acústica. Estaba hablando con otras dos figuras. No podía escuchar nada. La figura de Acústica se acercó a mi y me dijo algo. Creo que fue algo consolador. Las otras 2 siluetas se aproximaron y la arrastraron. Ella gritó algo y desaparecieron tras el resplandor. Pasó un tiempo anónimo por delante y empecé a recuperar mis sentidos. Acústica seguía discutiendo pero sólo se distinguían murmullos. De pronto, algo se empezó a mover en la máquina.

Hora dos.
La búsqueda se mantenía sin novedad. Al igual que Hielo, otras dos personas dijeron haber visto a Acústica con extraños. Tampoco me pudieron describir a los acompañantes de Acústica. Ni siquiera concuerdan los sitios del avistamiento. Lo único que coincide es el número de desconocidos escoltando a la desconocida y que siempre se le veía en cables bajos. Tengo que buscar a mi hermano para ver si él descubrió algo.

Hora cinco.
Fui a comer pues llevaba casi 24 horas sin hacerlo. Me encontré a Hielo en el camino. Intentó excusar su ausencia con motivos vagos y la mayoría sin sentido, pero no me importaba en realidad, al fin tenía una pista de cierta forma concreta. Le conté lo que el bohemio me había dicho. Hielo tenía un amigo de la infancia que se había unido a oposición hacía algunos años, así que decidimos que él sería el siguiente encuestado. Ambos comimos tan rápido como nos fue posible y corrimos a los límites de profundidad oscura en búsqueda del susodicho, el cual pareció de cierto modo alegrarse al ver a mi hermano, y, después de algunos minutos de camaradería protocolar, Hielo fue al grano. Su amigo dijo que él rara vez salía del territorio de oposición, que sólo los líderes de la causa tenían ese privilegio. Hielo, sospechoso de su amigo, le acusó de ocultarnos información e insistió en que nos ayudase. Su amigo, a pesar de mostrar cierta tenacidad al mantenerse en silencio, cedió algunos minutos después.
No hubo dicho “Su amiga está en…” cuando de la oscuridad apareció una considerable cantidad de sus secuaces. Saltando del cable y desapareciendo en la oscuridad, el traidor revolucionario nos dejó a nuestra suerte. La situación se complicó.

Y dieron las inevitables 6. Hora de revisión.

Aturdido busqué con la mirada a Acústica por todo el recinto pero no le encontré. De alguna manera yo había vuelto pero ella no. Mi respiración se agitó y con nauseas comencé a temblar. Mis ojos se hincharon de lágrimas. Quería gritar pero el terror no permitía escapar sonido alguno. Afuera, a través de la enorme ventana única del recinto se veían los vigilantes brincar de un recinto al otro. Girando en el aire a gran velocidad. Examinando. "Quizá se les olvide revisarme" me decía con fe desquiciada y en desesperación. Cada vez que veía una de sus enormes armaduras pasar por mi ventana un sollozo escapaba de mi garganta.

El vigilante se detuvo en seco y de cabeza. El resplandor de su ojo único brillo amenazante a través de su máscara. Comenzó a escanear. Una vez terminada la revisión y con aparente satisfacción se dispuso a irse. Sentí un alivio infinito por un segundo, sin embargo, justo antes de moverse regresó la mirada a la habitación. Lentamente giró hasta ponerse de pie. Examinó de nuevo el recinto. Al no encontrar a mi compañera, entró silencioso por la ventana. Haciendo caso omiso de mi persona, flotó hasta el incinerador. La puerta se abrió sola y después de unos segundos se cerró. Se quedó ahí unos segundos y repitió la operación con la puerta del baño. Finalmente, flotó hasta la puerta del pasillo garganta la cual también se abrió por si misma. Inmóvil por unos minutos, miró fijamente la profundidad del pasillo. Se alejó de este y un segundo vigilante entró a mi cuarto. Comenzaron a dar vueltas por todo el recinto. Más vigilantes entraron por la ventana poco después. Uno de ellos se me acercó y se agachó. Pegó su máscara contra mi rostro y me miró. Yo ya no estaba seguro si estaba aterrado o completamente desconcertado.

Moví mi cabeza y la aparté del frío antifaz. El vigilante insistió y volvió a poner su rostro contra el mío. Confundido intenté torpemente de alejarme de él, pero caí de bruces a los 2 pasos. En la otra esquina del recinto, un brillo metálico llamó mi atención. Era mi esfera. Mareado, me arrastré hasta ella mientras las extrañas figuras me miraban con curiosidad, flotando en círculos sobre mi.
Todo giraba vertiginosamente. Tomé mi esfera y la abracé con fuerza mientras me volteaba frenético para verles. Los vigilantes me seguían contemplando. Me levanté y apoyándome en la pared, caminé pesadamente hasta la ventana. Me trepé con dificultad y salté a uno de los cables.

Los vigilantes alarmados se abalanzaron en estampida sobre mi, rompiendo la pared del recinto. Una misteriosa sirena se escuchó en Disco.

Mi miedo se quedó atrás. Una extraña confianza me abrazó. Como en aquella dolorosa oscuridad, sentía como mi cuerpo brillaba, como mis ojos se cerraban y como todo desaparecía. No necesitaba verles. No necesitaba ver nada. No necesitaba ser nada. Sólo relumbrar en la negrura de la nada.

Con velocidad evadí a mis perseguidores mientras me escurría por las calles de Disco, girando y saltando de un cable a otro. Subiendo y bajando. Deslizándome. Con cada esquina que giraba, otro vigilante aparecía con la única intención de embestirme.

Entré violentamente a un recinto e ignorando a los alarmados inquilinos, crucé su pasillo garganta hasta la escalera espina en donde ya me esperaban los vigilantes. Sin detener mi carrera, me dispuse a ascender a pesar de estar rodeado. Como proyectiles, los vigilantes se arrojaron sobre mi destruyendo la escalera y las paredes hasta acorralarme en un islote de concreto que flotaba a mitad del muro. Estaba rodeado. Detrás de mi había un pasillo garganta por el cual entré.

Las paredes empezaron a desplomarse detrás de mi mientras cientos de vigilantes las atravesaban en un desesperado intento por detenerme y posiblemente matarme. Aproximadamente unos 200 vigilantes me perseguían.
Perdí la esperanza de escapar. Pensé en altura última.

Salté por la ventana y con lágrimas me encaminé a mi destino. Acústica, resplandeciente, mística y hermosa como la luna, brillaba en la negrura de mis nostálgicos recuerdos mientras me resignaba a desaparecer. Su sonrisa iluminaba la triste mueca de mi rostro. Sus ojos penetraban mi alma. Mi corazón palpitaba mientras me abrazaban sus rojos cabellos. Sólo un arrepentimiento. Si tan sólo le hubiese dicho lo que sentía. Miré hacia arriba y vi mi plateado epitafio centellear silencioso como todas las noches. Me apresuré a llegar.

Mis lágrimas poco a poco se detuvieron. Dejé de respirar. En sus esferas, a unos 20 metros estaban Acústica y Hielo. Me miraban satisfechos, como si me hubiesen estado esperando. A su alrededor, los oposición se abrazaban jubilosos.
Nadie me perseguía ya. Los vigilantes flotaban inanimados encima nuestro.

Acústica sonrió y me extendió amistosa su mano.
En el horizonte ya no había murallas; en cambio, un llano e inexpresivo panorama se extendía hasta hacerse uno con la negrura del cielo nocturno; había luces de colores aquí y allá en la lejanía. La mano de Acústica me tocó el hombro. Me dio un beso en la mejilla y susurró pícaramente:
-Lo logramos, gracias… -. Se rió tímidamente -Ya terminó, ya puedes respirar de nuevo.-
Reincorporándome brevemente… le miré con terror en los ojos. Mis labios comenzaron a esbozar palabras…
-Lo siento- dije apenado como todas las noches. Ella suspiró.

lunes, abril 17, 2006

Vie

Nació y creció, después envejeció y murió.

viernes, abril 07, 2006

De noche

Un silencio espectral envolvía la habitación. La temerosa muchachita de apenas unos 11 años de edad, temblaba de pavor bajo sus cobijas y apretaba sus párpados mientras decía, por enésima vez, una oración (para invocar a su angelito de la guarda, probablemente) que de tanto repetir había perdido el sentido que tuvo las primeras dos o tres veces. Era una noche silenciosa. Afuera no soplaba viento alguno y los grillos por algún motivo habían decidido no chirriar. Calma absoluta... fantasmagórica. A la niña se le dificultaba respirar, pues se esforzaba enormemente por no hacer ruido en cada jadeo que su acelerado ritmo cardiaco le obligaba a dar. Había momentos en los que sentía que se desmayaba. Tomando lentamente una linterna ubicada bajo su rechoncha almohada de plumas, la jovencita abrió un viejo cuaderno que decía “Jenny” en la portada. Buscó una página en blanco, y usando el bolígrafo que se encontraba en la espiral de la libreta, comenzó a escribir. Las letras le fluían esa noche. Después de unos minutos de estar volcando sus sentimientos en el papel, satisfecha suspiró calladamente. Guardó su cuaderno de nuevo y ahora sintiéndose más segura, se aventuró a salir de su escondite.

Primero salieron sus castaños cabellos seguidos de sus brillantes y expectantes ojos, abiertos a su máximo para percibir hasta el más mínimo movimiento. Hacía frío. Después de asegurarse que no había ningún peligro, asomó el resto de su cabeza. Miró con cuidado desde las mesitas que se encontraban junto a la cabecera hasta aquella sombra con forma de silla que se encontraba en la esquina más lejana. No parpadeaba. Por la enorme ventana paralela a su cama entraba una pálida luz de luna que aterrizaba sobre la ropa sucia de Jenny, la cual seguía en el suelo pues no la había recogido antes de irse a dormir. El resto eran siluetas oscuras, figuras en tinieblas. Su respiración estuvo calma durante unos momentos pero se comenzó a acelerar de nuevo. Estiró su brazo sigilosamente y sin perder de vista el resto de la habitación. Tomó su vaso y se lo acercó a los labios. Lo detuvo algunos minutos ahí. Temía ladearlo un poco pues bloquearía su vigilante mirada. Reuniendo todo su valor, lo inclinó rápidamente y descubrió que estaba casi vacío. No tenía mucha sed, pero al saber que no había agua, esta se incrementó violentamente. Ahora se ahogaba pues su garganta raspaba por falta de humedad. Tenía que salir a rellenar su vaso.

Jenny odiaba la nueva ciudad y sobre todo, su nueva casa. Grande y vieja, todo el tiempo con ese extraño aroma a madera. Polvorosa. Cortinas viejas y feas cubrían las enormes ventanas, convirtiendo la blanca luz del sol en un horroroso resplandor azulado. El jardín estaba seco completamente, donde alguna vez hubo árboles ahora sólo había ramas muertas y telarañas. En el terregoso suelo crecían algunas hierbas rastreras que le daban un aspecto aún más desagradable a aquella estéril superficie llena de madrigueras de topo y de serpiente. La casa era espantosa durante el día. Y sobre todo. Tenebrosa durante las noches. Los largos pasillos que conectaban una habitación con la otra tenían suelo de madera, la cual rechinaba estruendosamente con cada paso dado sobre ella. Durante el día era muy molesto, al anochecer era sumamente macabro. Hacía una semana que se habían mudado, así que la decoración era algo escasa y aún había muchas cajas por desempacar. Jenny se impacientaba día con día. Faltaban dos semanas para el inicio de clases. Dos largas semanas. Ella deseaba irse a dormir y que cuando despertara, las vacaciones hubiesen terminado. Deseaba hacer amigos, deseaba dejar de tener que rogarle a su hermana de 16 que jugara con ella. Hacía algunos años por motivos ignotos para la jovencita, su hermana le había dejado de hacer caso. Y lo que es más, parecía odiarle. Y este hecho entristecía mucho a Jenny. La entristecía y la aburría. Aún faltaban 2 largas semanas. Los niños de su nueva colonia aún estaban de vacaciones, así que prácticamente, Jenny estaba sola. Por eso deseaba dormir, para despertar dos semanas en el futuro, cuando por fin podría poner fin a su monótona y nostálgica soledad. Sólo quería dormir... El único problema para su plan era... que el miedo no la dejaba hacerlo.

Sus ojos se habían acostumbrado más o menos a la oscuridad. Respiraba muy lenta y profundamente, para no ahogarse y a su vez, para no hacer ruido alguno. Fue lentamente saliendo de entre sus cobijas hasta dejar al descubierto la mitad de su bonito camisón amarillo. Con mucho cuidado se movió hacia la orilla. Apoyó cautelosamente las manos, y sin dejar de mirar a su alrededor, se empujó fuera de la enorme cama. Se quedó inmóvil por algunos minutos. Se aseguró que no hubiera nada fuera de lo común... y se agachó rápidamente por una chancla. La tomó con ambas manos y la puso cerca de ella. Esa sería su arma durante la travesía. Dio los primeros cautelosos pasos, pero recordó que había olvidado el vaso. Así que sin dar la vuelta para no perderse de nada, caminó en reversa hasta llegar a él. Una vez en sus manos, comenzó a caminar de nuevo hasta llegar a la puerta, tras la cual se detuvo unos instantes. Esperó a que las mariposas de su estomago cesaran de bailar, y tomó la perilla. Temblorosa, la giró y entreabrió la puerta. Por la ranura intentó divisar alguna silueta sospechosa, pero el pasillo estaba cubierto por una cortina de oscuridad imperturbable la cual impedía que Jenny fuese capaz de distinguir objeto alguno. Rindiéndose después de algunos minutos ante la negrura de la noche, abrió lentamente y por completo la puerta y se dispuso a salir. La primer pisada fuera de su habitación produjo un escalofriante rechinar, el cual pateó a Jenny directamente en el estómago. Su corazón comenzó a latir como bólido. A un paso de la hiperventilación, la niña dio el segundo paso. El rechinar fue parecido, pero no la tomó por sorpresa. Con los brazos muy cerca de su cuerpo y apretando fuertemente la chancla, se aventuró a través del pasillo. Sus plegarias para invocar a aquel divino espíritu protector comenzaron de nuevo. ¿Habría de verdad alguien escuchando sus suplicas?. No podía decirlo con certeza, pero le daba una seguridad impresionante. Quizá alguien de verdad la protegía. O quizá sencillamente se olvidaba de aquello que la aterraba y se concentraba solamente en rogar por protección celestial. Fuese cual fuese el motivo, funcionó, pues salió del pasillo a salvo.

El barandal de las escaleras daba al amplio vestíbulo. Jenny se hincó y pegada a la pared comenzó el descenso. Intentaba no pensar en nada extraño, pero una vez abajo, todo el espacio abierto junto a la escalera silenciosamente retumbó dentro de su cabeza. El pánico le ganó y sinitendo un chorro de adrenalina ser inyectado directamente en su corazón, corrió despavorida hasta la puerta de la cocina. Con lágrimas en los ojos abrió desesperadamente la puerta y entró. Sin pensarlo dos veces, encendió la luz. Sus ojos se cerraron de inmediato y se tapó el rostro con ambas manos... se agachó y se quedó ahí algunos minutos. Dolía. Cuando por fin se destapó la cara, con el ceño fruncido y los ojos casi cerrados, caminó hasta el refrigerador. Sacó el agua, se sirvió y bebió. Antes de servirse de nuevo, miró por algunos momentos su vaso. Pensamientos diversos le invadieron en ese momento. Suspiró varias veces durante su larga reflexión, y cuando al fin hubo terminado de meditar, se sirvió de nuevo y emprendió la travesía de vuelta.

Al llegar a su cama, Jenny se quedó dormida casi al instante, sólo para despertar al siguiente día. Y por más lamentable que fuese este hecho, ya no le volvió a importar.

lunes, marzo 06, 2006

Uno de atracción

El intercambio de miradas fue inevitable. Entró hacia unos segundos al vagón en el que llevabas ya varias estaciones y se sentó justo frente a ti. Pero desde que la viste sentiste una increíble presión en el pecho. ¿Sería atracción?. Respiraste profundamente y desviaste la mirada. Cuando por fin decidiste contemplarle de nuevo, lentamente e intentando ser discreto, descubriste que ambos sus ojos te esperaban ansiosos.
Parecía que ella examinaba los rincones mas oscuros de tu alma mientras el intercambio de miradas se prolongaba. Te costaba más y más respirar... Creíste que podías resistir más que ella... pero fuiste el primero en desviar la mirada. De reojo creíste ver una sonrisa en sus labios.
Pasaron algunos minutos. Luchaban violenta y salvajemente tu fuerza de voluntad y tu deseo. Su feminidad llamaba a tus ojos como lo hacen las sirenas a los marinos. Te pusiste tenso. Tu estomago comenzó a sentir tu estrés. ¿Te seguía mirando?. ¿Qué pasa si era así?. Tus manos... ¿En que posición estaban? ¿Se veía normal? ¿Se veía estúpido? Estaban sudando... Pero... ¿En que clase de estupideces te concentrabas?. ¿Aún te observaba?. Fingiste que te estirabas y aprovechaste para mirarla y salir de tu duda. Sus ojos se encontraron con los tuyos de nuevo y tu estomago se estremeció brutalmente. Ahora, en lugar de enfocar solamente tu vista en su mirada, prestaste mas atención en su rostro. Entre sus hermosas facciones de mujer, notaste una traviesa sonrisa. Ella se había dado cuenta que te ponía nervioso, y lo disfrutaba con pícara malicia. ¿Qué hacer en esa situación? Ella jugaba contigo. O al menos eso es lo que creías. Podías estar equivocado, y lo tenias bien presente. ¿Te equivocabas? Cruzaste tus brazos y la miraste fingiendo indeferencia. La sonrisa en su rostro creció y recargando sus codos en los muslos, colocó su rostro entre ambas sus manos mientras te miraba fijamente. Sonreíste de vuelta. Al hacerlo sentiste como la piel de la nuca se te erizaba. Por dentro estabas hecho un manojo de nervios. Algo había en ella, algo más que belleza. Era atracción animal. Su mirada despertaba en ti un deseo carnal que jamás habías sentido, incluso podías sentirlo recorrer la piel de tus brazos, y sentías su sensual respirar entre tu cabello. ¿Sería lujuria?. Deseabas hacer algo... pero tu cuerpo permanecía inmóvil. Sentiste que tu rostro perdía color, que se volvía pálido, pero no había forma de que verificaras esto. Ella mientras tanto parecía disfrutar de tu angustia. Sus ojos voraces indicaban que leía tus pensamientos. Ella suspiró satisfecha. Agua fría te recorrió la espalda. Sentiste aire en la entrepierna. Tragaste saliva. Sentías que sudabas, pero estabas perfectamente seco. Tus brazos estaban tensos, tus piernas también. Dolía.
El vagón ya estaba en ese momento vacío. No estabas seguro si tu estación ya había pasado, pero no podías moverte. Una pequeña risa salió de los labios de tu dominante. Algo te dijo, pero no prestaste atención. Su femenino tono de voz paralizó tu entender y te embelesó aun más. Ella lo sabía, sabía todo esto. Estaba conciente de su increíblemente irresistible y casi demoníaco atractivo animal. Eras victima del pánico. Eras como una presa indefensa ante un fiero depredador. Miraste sus brillantes y jugosos labios y sentiste un extraordinario deseo de probarlos. Se te hacia agua la boca. La piel de su cuello... ¿Sería tan suave como parecía? ¿Cómo seria al tacto?... ¿Y al gusto?. ¿Sería su cabello tan sedoso como parecía?. ¿A que olería?. ¿Era eso que olías su perfume?. Que delicia... ¿Cómo serían sus caricias? Suaves... Sensuales... Expertas... Ella sabía lo que te gusta... sabía donde tocar... sabía como tocar... sabía hacer lo que te gusta que te hagan. O al menos eso creías. La deseabas. Ella parecía saber todo esto. Inclino la cabeza un poco y te miro con melancolía. Mechones de cabello caían sobre su rostro. El resto reposaba impávido sobre sus hombros. Entre abrió los labios... Cerraste los ojos. Sentiste sus dedos pasar por tu cuello, sus labios recorrer tus orejas... Algo te susurraba... gemiste. Una sonrisa se dibujo en tu rostro. Abriste lentamente los ojos par esperando ver su sonrisa y respirar de su sensual aliento... pero descubriste que ella no se había movido de su lugar. Ahora te miraba extrañada. Fueron sólo fantasías. Pero... Algo se movía en tu entrepierna... ¿Sería? Si... tu sueño le había despertado... Ella parecía no haberse dado cuenta aún. Te reclinaste un poco hacía adelante para ocultar tu excitación, pero esto hizo mas obvio tu estado. Ella se sorprendió. Se oyó una risita.
El vagón se detuvo. Ella miró hacia fuera y sonrió. Se levantó, te sopló un beso y te guiño un ojo coquetamente sin dejar de sonreír. Con impotencia, viste como salía. Querías hacer algo, pero simplemente miraste. Nunca mas la volverías a ver. Te sentiste como un verdadero estúpido.

martes, enero 24, 2006

El Soñador

Sueña con glorias, Alonso Quijana, sueña con aquel día en el que vencerás sobre el enemigo con el cual posees una sólida amistad, y por fin, con poderosa espada derrotarás a tus tiranos y monstruos, tus dragones y tus gigantes.
Sueña y engáñate, lucha por aquello que imaginaste, sufre por lo que alegra, espera lo que no llegará. Sueña que eres noble jóven caballero siendo no más que un anciano decrépito, sueña con el bien y la justicia que tu mismo inventaste, añora un tiempo ficticio y recrea batallas imaginarias, pues fuiste hecho para la aventura que no lo es.
Sueña con socorrer a una Princesa que se encuentra a salvo. Sueña con proteger a quien no esta en peligro. Siente el amor profundo que nadie te brinda, disfruta de la compañía que nunca tuviste. Finge que Dulcinea del Toboso te acompaña y te inspira un valor que no posees; y que le importas a quien no sabe que existes .
Sueña, Alonso Quijana, sueña con gigantes, sueña con doncellas, sueña con aventuras, sueña con valor, sueña con alegría; pues sólo en sueños de un loco, la felicidad no es una mentira y lo que deseas se hace realidad.