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domingo, octubre 26, 2008

Non Sequitur - 1

Me sorprendió que me llamara. Ella. Me sorprendió que me llamara ella en especial. Quería verla, a la pecosa. Mi estómago se revolcó de alegría, como si aún tuviese 16. Yo creí que nadie iba a hacer caso de la invitación, mucho menos la pecosa; después de todo soy su profesor. De todos ellos. Ellos, tan metidos en sus ondas esas, tan “indies”, tan pretenciosos, tan faroles. Sin futuro. ¿Qué puedo hacer yo? Yo lo logré porque tuve suerte. Porque tuve suerte y porque sabía lo que buscaba. Y hoy tengo suerte también, porque voy a salir con la pecas. Tan linda ella.

Voy a salir con mi profesor. Es tan original y alternativo y elocuente y… sus clases son un gozo interminable ¡Sabe tantas cosas! Y cosas interesantes. Como él mismo. Es tan interesante y tan genial en lo que hace. Al principio tenía mis sospechas, al principio creí que era un maestro más. Pero no, él no. Él es diferente. Él tiene algo que decir, algo que enseñar. Como ser humano. ¡No sólo como maestro! Estoy segura. Él es una de esas personas. De esas que la fortuna te pone enfrente para llenar el vacío que sentías, para mostrarte que hay horizontes tras el horizonte. Qué bueno que le llamé.

La pecas huele tan bien que me cuesta concentrarme. Es increíble que sea capaz de conversar de esta manera con alguien de su edad. Desde el primer momento supe que ella era distinta. Que era especial. Es tan inteligente y mordaz y astuta y articulada que… Dios. Y además le encantan los perros y es tan dulce con ellos y tan buena. Ella y yo salimos a pasear a Keats y sus ojos no dejaron de brillar durante todo el camino. Keats es especial, es un perro muy grande y sin embargo, muy hermoso. Cuando salgo a pasearlo la gente se acerca a preguntarme por él, su raza y todo eso. Y luego quieren tocarlo como si fuese pieza en museo interactivo. Pero es un perro, no un juguete. Por eso siempre lo saco a pasear en la noche… muy noche. Para evitarme todas esas escenitas que ni Keats ni yo disfrutamos. Pero hoy estoy con la pecas, así que decidí sacar al perro temprano, para ver si la impresionaba. Y parece que lo hice. No perdí tiempo y se lo dije. Le dije que me interesaba algo más que una amistad con ella. Fui un impulsivo, lo sé. Me dejé llevar. Pero así somos los artistas: pasionales, emotivos, en el momento.Ella me dijo que tiene novio, pero estoy seguro que entre ella y yo hay electricidad. Hay... algo que no podrá negar, por más indispuesta que se muestre. Ella y yo tenemos que estar juntos.

El profesor tiene al perro más hermoso que he visto en mi vida (después de los míos, claro está). Salimos a pasearlo juntos, es un divino pastor belga. La gente nos detenía para preguntarnos su raza y si era perro de concurso y todas esas cosas. Se llama Keats, por John Keats, el poeta. La verdad me parece muy original, ponerle nombre de poeta a su perro, es de cierta forma muy romántico. Estuvimos platicando todo el tiempo, me contó de su vida en Argentina y en Bélgica y en China. ¡Sabe tantas cosas! Y su conversación es tan amena. Hacía mucho que no sentía una conexión así con alguien. Ya no platico así ni con el Cochi y eso que somos novios. Por eso cuando me dijo que quería que yo me enamorara de él, sentí que el estómago se me encogía. Le dije que andaba con el Cochi y él no lo tomó a mal. Dijo que estaba bien ser sólo amigos. Pero yo no estoy tan segura. No sé si sólo quiero ser su amiga. Luego del perro fuimos al museo, a la exposición que me prometió. El muy lindo pagó el boleto él. Entonces me llamó el Cochi. Le dije que estaba con el profesor y no pareció hacerle gracia. Me dijo que tuviese cuidado con él, que sólo quería aprovecharse de mi. No voy a mentir, eso me hizo enojar. Ana me llamó también y dijo exactamente lo mismo.

Después del museo regresamos a mi departamento. El museo estuvo… entretenido. La verdad esperaba más. La pecas pareció divertirse, sin embargo. Supongo que no pudo evitarlo, es muy joven para conocer la diferencia entre lo bueno y malo. Yo voy a enseñarle. Me confesó que sus amigos le llamaron y cuando dijo que estaba conmigo ellos dijeron que yo quería aprovecharme de ella. Lo dijo riéndose, como esperando a que yo me riera con ella. La verdad, no le encuentro la gracia por ningún lado. Me siento furioso. Furioso porque ahora ella duda de mi, lo sé. Me puse a pintar un poco mientras ella exploraba mi estudio (que está en la parte de arriba de mi casa). Luego me pidió el teléfono. Llamó a alguien, quizá a su novio. Le pedí que no volviera a decir que estaba conmigo para que no me difamaran más. Llamó para ver si esa persona asistiría al bar al que invité a mis estudiantes ayer. Cuando colgó, me miró y dijo que nadie iba a ir. Luego se levantó en dirección al baño y yo me interpuse.

No me dejaba pasar, así que levanté la mirada y me los encontré. Me encontré a sus ojos retando a los míos. Nos miramos un segundo. Luego empezó a acercar su rostro lentamente hacia el mío y yo, por algún motivo, decidí no moverme. Cerró los ojos. Yo casi lo hice. Cuando sus labios apenas tocaban los míos lo empujé. “¡Hey!” le dije “Así no voy a salir contigo”.

“Pues entonces no me mires así” le contesté.

“¿Mirarte cómo? Así miro a todas las personas”

“Entonces no deben faltarte besos, pecas. Si miras a todos así” Le contesté. Ella rió sarcásticamente, me empujó y se metió al baño.

Me quedé un rato simplemente recargada contra la puerta, recuperando el aliento. Había lágrimas en mis ojos, pero no sé si eran de alegría o de tristeza. Mi corazón latía muy fuerte. Quiere que me enamore. Si lo hubiera dejado besarme, posiblemente ya lo habría hecho. No puedo dejar de darle vueltas en mi cabeza. ¿Qué puedo hacer? No puedo dejar de pensar en que quizá quería que me besara. ¿Vale la pena dejar ir a alguien así por el estúpido del Cochi que ni siquiera parece que me valora?

Se me fue ese beso. Pero me emocionó. Me emocionó mucho. La pecas me emociona y me alegra tanto haber vuelto sólo para conocer a alguien así. ¿Qué más da si es mi estudiante?

Fuimos después a una fiesta de algunos amigos del profesor, ya que ninguno de mis amigos pensaba salir conmigo. Era una fiesta como esas de las películas. Con gente rara y con cosas extrañas sucediendo en todos lados. La cerveza era gratis, pero el profesor no me dejó tomar. Él tampoco tomó. Sólo hablamos, durante horas y horas. Ni siquiera hubo esos silencios cortos que hay cuando cambiábamos de un tema al otro. Nos reímos tanto. Me presentó a muchas personas interesantes, puros genios de sus profesiones. Gente de currículos espectaculares y de apariencias extravagantes.

Platicamos hasta las 5 de la mañana. No quise que tomara para que no creyera que quiero aprovecharme de ella. Le dije de nuevo que me gustaba. Le dije que estaba interesado en algo más que amistad. Y ella me volvió a decir que no podía corresponderme.

Porque por más que me duela y por más estúpido y desconsiderado que sea, amo al Cochi, y no puedo hacerle esto. Pero no quiero dejar ir al profesor. Sólo he convivido con él unas horas pero siento que ya lo quiero... porque… porque me atrae tanto. Pero tanto. Jamás siento atracción por nadie, jamás siento estos deseos de estar al lado de alguien. Ni siquiera del Cochi. ¿Por qué quiero estar entonces al lado del profesor? ¿Por qué lo deseo entonces?

Yo sé que no puedo ser sólo yo. Yo sé que la pecas siente algo también. Esta conexión no sucede con todos. Ella y yo tenemos algo. La pecas y yo tenemos que estar juntos. Ella lo sabe. Y vamos a estarlo. Yo lo sé.

lunes, abril 24, 2006

Tacos y Mariachi

La cita era a las nueve de la noche. El lugar donde tendría lugar la batalla era “Tacos Don’Algón”. Los combatientes: El asombroso y experto diente de Don Javier, contra un vasto repertorio de guisados y cortes que aquel establecimiento había añadido a su menú después de 20 años en el negocio. El viejo carro de don Pancho, alias “Don’Algón”, aún se encontraba afuera del recinto, en símbolo de que aquel negocio, al contrario que la mayoría de los que hay en la actualidad en este país, seguía siéndole fiel al viejo arte de la “Taquería”. Lo hacían por la comida, no por el dinero. Algo de lo que se enorgullecía el viejo don Pancho, era que él aún cortaba el pastor directamente del trompo, y no lo bajaba a la plancha. Mucho sabor se perdía en el proceso, además de que es una tradición, una ciencia y todo un espectáculo servir tacos al pastor como el Santísimo lo manda, y no como los taqueros “puñales” lo hacen hoy en día.
Don Jaime, quién para abrir el apetito pidió dos de bistec y uno al pastor (con cebolla y cilantro como debe ser, pues en una taquería que se respete como tal, no se da la opción de “con o sin”), iba bien vestido, con el bigote recortado y listo para darlo todo en la fiesta a la que asistirían él y sus 12 compañeros, pues don Jaime, era el “tololoche” en lo que podría llamarse, el mejor Mariachi de la ciudad. Desde “Atotonilco” hasta “el Huapango” de Moncayo, pasando por “La boda de Luis Alonso” de Jerónimo Jiménez y “Granada” de Agustín Lara. Se las sabían, de todas, todas.
Como empuñando el arco del violín, don Javier se empacaba a ritmo constante y con jubiloso ánimo, tacos de lengua, buche, oreja y seso, mientras ordenaba una quesadilla de costilla y un volcán de maciza. No se dejaron esperar los dos de “machitos” y el obligado “round” con los de ojo, ¿y cómo no? Los de chorizo, trompa y ubre. De “aditivos”, dos “Mirindas” y una “Coca”. Un flan y un Alka-Seltzer para coronar... Y Don Javier venció una vez más a sus gastronómicos enemigos... Pero fue sin embargo don Pancho quien en realidad ganó, pues después de tanta tragadera, al experimentado músico le salió en un ojo de la cara pagar la cena... pero no importaba... pues esa noche tocarían, y con la panza y los ánimos llenos, los tacos se pagarían prácticamente solos.

jueves, enero 26, 2006

Plenitud

El aire se sentía más puro que nunca. La brisa soplaba suavemente acariciando su cabello. Él abrió su abrigo y dejó sentir el helado viento en su torso. Sintió escalofríos. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Levantando la mirada, cerró los ojos y tomó una enorme bocanada de pureza hasta que sus pulmones dolieron. La contuvo unos instantes y luego exhaló calmadamente. Todo era como debía ser. A sus pies, la montaña que hacia algunos minutos había conquistado. Sobre él, la inmensidad de un cielo claro y brillante. En el horizonte, la luz del alba se colaba entre las nubes y la neblina. No había ningún sonido que no fuera el esfuerzo de su aliento y el latir de su corazón. Era el verdadero y único dueño del mundo y nadie podía negárselo. El orgullo lo invadió en una oleada cálida que salía desde el estomago y se expandía al resto de su cuerpo. No había más. No había pasado, no había futuro. No estaba él, no estaba la montaña, ni el cielo. Sólo estaba ese momento. Ese instante. Para siempre.

domingo, enero 15, 2006

El viejo camino

Era el viejo camino que ya nadie usaba, aquel que llevaba a la vieja represa que se secó hace algunos años. Ahora sin propósito, se deterioraba lentamente, llenándose de pequeñas hierbitas día con día, rodeado por un ambiente semi-desértico.
En sus épocas gloriosas, no había día que no hubiera gente pasando. Los caballos de mercaderes, arrastrando las carretas con barriles llenos de agua, los niños felices, listos para ensuciarse, para trepar los verdes y frondosos árboles que crecían a los lados del popular sendero, los viajeros, misteriosos forasteros de procedencia desconocida y destino aun mas ignoto. Pajarillos, risas infantiles, clip-clop de las pezuñas, eran los sonidos que llenaban el alegre ambiente de esta conocida senda. Fue durante la guerra de bronce, que el sonido que invadía el paradisíaco entorno, eran las pezuñas de los corceles, cargando a sus metálicos jinetes, galantes caballeros, listos para adentrarse en la batalla, todo por el honor del Rey. La noble y valiente milicia los seguían, de pie, armados hasta los dientes, jalando las catapultas, cargando la comida.
Pero ya nada transitaba por esa vieja vereda empedrada. Sólo un que otro niño travieso, que a pesar de las advertencias de su madre, recorría temeroso el seco trecho en busca de aventura. Algún mercenario, en busca de alguien que necesitara su servicio, de trabajo en trabajo. Uno que otro vagabundo, escapando a una vida pasada, sin un futuro asegurado, silbando alegremente una canción que aprendió hace mucho tiempo, de cuya letra ya no se acuerda y que le trae memorias de tiempos felices, tiempos en los que jamás creyó que terminaría escapando de una engañosa vida, que terminaría en catástrofe. Jóvenes fugitivos, en busca de una vida mejor, con hambre y frío, pero aún así con esperanzas de felicidad, llenos de sueños de gloria, de hambre de vida, de sed de conocimiento, y con inocencia y bondad de sobra.
Era el viejo camino que ya nadie usaba, aquel que llevaba a la vieja represa que se secó hace algunos años. Que ahora sin propósito, se deterioraba lentamente, llenándose de pequeñas hierbitas día con día, rodeado por un ambiente semi-desértico. Si, ese viejo camino.

miércoles, enero 11, 2006

El puerto de Corderos

En aquella ciudad, había un puerto muy importante, el Puerto de Corderos. Hacia casi 76 años que había sido construido en piedra sólida. Es entre Abril y Mayo, que los grandes galeones del sur se detienen de sus rutas comerciales en el prospero y rico puerto, adornando con su inmensidad el piélago que se perdía entre las nubes. Los navíos más grandes del mundo. Cada uno posee más de 25 cañones por banda, su altura llegaba a ser de casi 20 metros de alto y pasaban de los 40 de largo. Su imponente presencia hacia a la gente salir y admirarlos, y gracias a sus enormes tripulaciones, el comercio en la villa aumentaba increíblemente.
Esas poderosas boyas de hierro habían mantenido muchos famosos navíos, como el "Tormenta Nocturna", del infame pirata "el Tuerto" Jones, o la "Galera Real", un barco legendario, del héroe soldado Alvar Escudero.
El bello empedrado que adornaba el paseo del muelle era un imán para las parejas jóvenes, por su romántica vista al atardecer.
En épocas de carnaval se llenaba de luces y colores, donde vendían golosinas y había muchos concursos y bailes.
Todas las mañanas, si se llega temprano, es posible ver a los dedicados pescadores, que se lanzan al mar a cumplir con su trabajo, y también es posible ver al viejo Díaz, melancólicamente mirando el mar, acariciando una foto mientras murmura... y regresando al la ciudad, perdiéndose en sus calles, hasta que se le pierde el rastro... Pues el puerto se empezaba a llenar de personas... Ya que en aquella ciudad, había un puerto muy importante, el Puerto de Corderos.
Sí, ese puerto.