Fue justo cuando mamá se quedó dormida que ella huyó de casa para vivir con su novio. Era una locura, pero así era el amor de aquellos dos. Un amor loco y desenfrenado, que no se detiene a pensar y se deja llevar por lo que dicta el corazón. Ella a sus quince y él a sus diecinueve.
Aoramid era aprendiz carpintero hacía algunos meses. Todavía no ganaba dinero suficiente como para mantenerse a sí mismo. Mucho menos a su novia. Pero no se trata de ser ricos, sino de ser felices, se decía una y otra vez, el amor lo puede todo, saldremos adelante.
El tórrido amorío sólo duró 3 noches. Zuama estaba embarazada.
“¿Qué rayos te pasa? ¿Por qué me mentiste? ¡Dijiste que estaba bien si lo hacíamos! ¡Dijiste que estaría bien! ¡Dijiste que era un día seguro! ¡Que nada pasaría! ¿Por qué me mentiste?”
“¡Lo siento! Perdóname... ¡Perdóname! ¡No pensé! Es que yo...”
“¡No! ¡No pensaste! ¿Qué vamos a hacer ahora? ¡Dime!... ¡Ah! Todo fue un error, ¡Desde el principio! ¿Por qué? ¿Por qué mentiste?”
“Es que... tenía tanto miedo a que te fueras si no lo hacíamos”
La relación terminó. Aoramid abandonó a Zuama y esta rogó a sus padres que la dejaran volver. Su padre jamás la perdonó. Su madre ayudó a Zuama a criar al niño. Lloraba la desdicha de su hija todas las noches y esto fue demasiado para ella. Dos meses después, sus negros cabellos se volvieron blancos, y apenas el crío cumplió 5 años, ella murió. Zuama tuvo que irse de su casa pues su padre no la dejó vivir ahí más tiempo.
En tierras de Alá una madre soltera no era bien vista. Tenía forzosamente que cruzar la frontera de fe y convertirse a la llamada “religión perversa”. En realidad nunca lo hizo, pero fingió (como casi todo converso) que había dejado su vieja fe.
En tierra de Dios, el Dios representado por el Obispo de Remaccia, claro está, no fue muy bien recibida. Su color de piel la discriminaba y la gente la limitó a vivir en los círculos de miseria morisca existentes en todas las ciudades de Dios. Dios quería más a los blancos.
Su única salida, como de toda mujer emigrante te tierras de Alá era la prostitución. Su exótico color de piel e inusual belleza la convirtió en una “dama de noche” muy popular entre los clientes y la metió en muchos problemas con las mafias que controlaban el negocio del “placer”.
Cuando su hijo cumplió 10 años, avergonzado de que su madre vendiera su cuerpo a hombres sin honor, huyó de casa para regresar a tierra de Alá. Zuama lloró. Pero el niño no hubo llegado lejos cuando fue capturado por unos comerciantes de esclavos y murió 2 años después de cólera.
A los 28 años tuvo un corto romance que le dio un trabajo en un popular antro nocturno, “La Luz Celeste”. La relación terminó, pero su trabajo lo mantuvo.
“En nombre de Alá, mátame”
El hombre se había vuelto loco y había matado a la mitad de las personas ahí dentro. Zuama por el susto no pudo hablar más que la lengua de Alá, sin embargo todavía podía entender la lengua de Dios.
“Esta es la verdadera justicia”
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sábado, noviembre 04, 2006
martes, septiembre 05, 2006
Flama Victoriosa - IV - Luz Celeste
Anochecía. El cielo se cambiaba de ámbar a purpúreo. Los faroles de la ciudad ya dejaban ver su romántico resplandor amarillo. La brisa soplaba refrescante entre tu cabello y ropa mientras avanzabas por el rústico empedrado, contrarrestando el caluroso ambiente que se sentía hacía algunas horas. Las joviales risas y murmullos de la gente te hacía disfrutar la caminata aún más. Todos los establecimientos (o casi todos), como era costumbre en el verano, tenían sillas y mesas en el exterior para que las parejas disfrutaran del suspiro del anochecer, para que pudiesen contemplar las estrellas. Era un lugar absolutamente precioso.
Conforme avanzabas, más olvidabas las palabras de Boltarión. ¿Cómo se llamaba el lugar aquel?. Un viejo anciano se te acercó a pedirte limosna, pero lo ignoraste, con tu hombro le empujaste y seguiste caminando. La Flama Victoriosa no habría ignorado el suplicio de esa ánima desafortunada. La Flama Victoriosa habría dado suficiente al pordiosero para que comiese bien esa noche (¡mínimo!). ¿Por qué ya no Seramís? ¿Acaso la Flama y tú no eran la misma persona? Tú, cuando te ordenaste, prometiste siempre cuidar del necesitado y vivir bajo los principios de honor y justicia inquebrantable que tu maestro Eorimante te inculcó desde pequeño. Quizá no lo ayudaste porque no tienes dinero. Eso es cierto, desde que dejaste la caballería, apenas tienes para comer. Quizá sea eso. Pero no lo creo, ¿tú qué opinas?. Así es. Estás amargado. No con Cirabriela. No porque el amor de tu vida resultó ser una ilusión. No porque el discípulo que criaste como tu propio hijo y en quien depositaste todo tu cariño, tiempo y toda tu fe había sido muerto por tu propia espada. No era eso. No porque Boltarión te convenció para que tomaras la última de las misiones. No. Estás amargado con el mundo. Aquel mundo por el cual luchaste tan fieramente. Aquel mundo que amaste con lo más profundo de tu ser, tanto así que estuviste a punto de perder la vida en un incontable número de ocasiones sólo por salvar al más insignificante e ingrato de sus habitantes. Eso es. Ingratos. Estás amargado porque son ingratos. Porque todos festejaban tus hazañas cuando victorioso, pero nadie recuerda tu nombre cuando perdedor. Estás amargado porque nadie te extendió la mano cuando eras tú el que se encontraba en necesidad y ellos eran quienes tenían la espada triunfante que podía acabar con tu sufrimiento. Estás amargado porque dejaron que la Flama Victoriosa se apagara. Estúpidos. Tú fuiste capaz de compartir el llanto con más de una moza, de servir de apoyo a más de un hombre, de ser escudo de más de un noble y de iluminar el camino de más de un pueblo. Hoy en día son contados con una mano los que recuerdan al gran Seramís de Zórvila. Los cuentos del Seramís son contados por grandes y chicos ignorando que el héroe de leyendas sigue con vida. Eras una llama inextinguible y esos ingratos te convirtieron en sombra imperceptible. No se merecen tu espada. No merecen que levantes el puño por ellos... Es por eso que no lo haces por los ingratos. Ni por Boltarión, o por Leonidio... no por la falsa Aurisiana que aún flagela tu corazón después de tanto tiempo. Lo haces por Seramís. Lo haces por la épica figura que alguna vez fuiste. En honor a la Flama Victoriosa, va este último trabajo.
Terminaste de recorrer la zona donde se encontraban las fondas y las tabernas y llegaste a la parte oscura de la ciudad: La zona de los prostíbulos. En los portales pululaban tanto borrachos desfallecidos como una que otra ramera en plena seducción. Toda la calle apestaba, los faroles estaban a media luz y hombres gritaban para convencerte de que dentro de su establecimiento, se encontraba la mejor gonorrea de todo el pueblo. Te asqueaste. “!LA LUZ CELESTE TIENE LAS MEJORES CHICAS DEL PUEBLO!”. ¿Luz Celeste? ¿Era ese el nombre que dijo Boltarión?. “¿BUSCAS DIVERSIÓN? SÓLO LA LUZ CELESTE TIENE CHICAS DE ALTA CALIDAD, SÓLO EN LA LUZ CELESTE PODRÁS VERDADERAMENTE SACIAR TU LIBIDO”. ¿Era ese? Era algo “Celeste”... ¿Recuerdas?.
Entraste en la Luz Celeste. El olor a sexo y tabaco inundaba todo el establecimiento. Delante, una pianola tocaba desafinada una molesta melodía, al ritmo de la cual las chicas en el escenario se desnudaban. En la barra llena de sucios criminales y mal vivientes, se encontraba el resto de las chicas que con sucias palabras intentaban ganarse ese maravedí extra. No te hacía ninguna gracia el lugar. Te sentaste en la barra. El cantinero te preguntó si querías beber algo pero tú no respondiste. Estabas concentrado. “¿A qué hora se presenta Zuama? Preguntaste- Debe ser la siguiente buen hombre, contestó el tabernero, ¿Vino a ver el espectáculo de Zuama la Persa, no? Casi todos aquí viene por ese motivo- Sólo he oído rumores, dijiste al cantinero, pero muero por averiguar si son ciertos.- Ten por seguro que lo son, contestó”.
La pianola se calló. Tú dirigiste tu atención hacia el escenario. Una mujer morisca se encontraba parada con ambos brazos detrás de la cintura. Esperabas el momento. Una música arabesca comenzó a escucharse. La mujer movía hipnóticamente la cabeza de un lado al otro. Sus caderas comenzaron a moverse delicadamente de arriba hacia abajo, intercalando lados... bamboleándose de atrás hacia delante. Pasando un pie al frente, comenzó a mover el vientre como serpiente, asegurándose que sus caderas se notasen. Sus manos lentamente comenzaron a recorrer cara parte de su bronceada piel, teniendo especial cuidado de seguir meneando la cadera en aquel lascivo ritmo. Sus hombros hacían juego ahora con sus caderas. Tú seguías esperando. La danza se volvía cada vez más sugerente. Haciendo a sus manos atravesar delicadamente su vientre, llegó a su abultado pecho y lo dejó al descubierto. Te levantaste. Pocos supieron qué pasó a continuación. De unas cuantas zancadas atravesaste el lugar hasta llegar a la pianola y con un fugaz movimiento, decapitaste al hombre que la tocaba. Giraste con el impulso para enfrentar al alarmado público. Los pocos que no huyeron en pánico intentaron aniquilarte. Pero fallaron. Después de que mataras al último de tus agresores te dirigiste por tu objetivo. La mujer se encontraba en una esquina temblando, intentando cubrir su desnudez. ¿Qué decía?. No le entendiste ¿Cierto?. ¿Qué le dijiste tú?. La tomaste de la muñeca y la sacaste. El cantinero que se encontraba agazapado detrás del mostrador asomó la cabeza. Lo mataste mientras salías. Al salir te quitaste la pañoleta que cubría la mitad de tu rostro. No es como si hubiese sido necesario traerla... Bien sabías que nadie te recordaba. ¿Habrá sido tu ego el que insistió en cubrir tu rostro?.
Ambos tú y la muchacha desaparecieron en la oscuridad de la noche.
Conforme avanzabas, más olvidabas las palabras de Boltarión. ¿Cómo se llamaba el lugar aquel?. Un viejo anciano se te acercó a pedirte limosna, pero lo ignoraste, con tu hombro le empujaste y seguiste caminando. La Flama Victoriosa no habría ignorado el suplicio de esa ánima desafortunada. La Flama Victoriosa habría dado suficiente al pordiosero para que comiese bien esa noche (¡mínimo!). ¿Por qué ya no Seramís? ¿Acaso la Flama y tú no eran la misma persona? Tú, cuando te ordenaste, prometiste siempre cuidar del necesitado y vivir bajo los principios de honor y justicia inquebrantable que tu maestro Eorimante te inculcó desde pequeño. Quizá no lo ayudaste porque no tienes dinero. Eso es cierto, desde que dejaste la caballería, apenas tienes para comer. Quizá sea eso. Pero no lo creo, ¿tú qué opinas?. Así es. Estás amargado. No con Cirabriela. No porque el amor de tu vida resultó ser una ilusión. No porque el discípulo que criaste como tu propio hijo y en quien depositaste todo tu cariño, tiempo y toda tu fe había sido muerto por tu propia espada. No era eso. No porque Boltarión te convenció para que tomaras la última de las misiones. No. Estás amargado con el mundo. Aquel mundo por el cual luchaste tan fieramente. Aquel mundo que amaste con lo más profundo de tu ser, tanto así que estuviste a punto de perder la vida en un incontable número de ocasiones sólo por salvar al más insignificante e ingrato de sus habitantes. Eso es. Ingratos. Estás amargado porque son ingratos. Porque todos festejaban tus hazañas cuando victorioso, pero nadie recuerda tu nombre cuando perdedor. Estás amargado porque nadie te extendió la mano cuando eras tú el que se encontraba en necesidad y ellos eran quienes tenían la espada triunfante que podía acabar con tu sufrimiento. Estás amargado porque dejaron que la Flama Victoriosa se apagara. Estúpidos. Tú fuiste capaz de compartir el llanto con más de una moza, de servir de apoyo a más de un hombre, de ser escudo de más de un noble y de iluminar el camino de más de un pueblo. Hoy en día son contados con una mano los que recuerdan al gran Seramís de Zórvila. Los cuentos del Seramís son contados por grandes y chicos ignorando que el héroe de leyendas sigue con vida. Eras una llama inextinguible y esos ingratos te convirtieron en sombra imperceptible. No se merecen tu espada. No merecen que levantes el puño por ellos... Es por eso que no lo haces por los ingratos. Ni por Boltarión, o por Leonidio... no por la falsa Aurisiana que aún flagela tu corazón después de tanto tiempo. Lo haces por Seramís. Lo haces por la épica figura que alguna vez fuiste. En honor a la Flama Victoriosa, va este último trabajo.
Terminaste de recorrer la zona donde se encontraban las fondas y las tabernas y llegaste a la parte oscura de la ciudad: La zona de los prostíbulos. En los portales pululaban tanto borrachos desfallecidos como una que otra ramera en plena seducción. Toda la calle apestaba, los faroles estaban a media luz y hombres gritaban para convencerte de que dentro de su establecimiento, se encontraba la mejor gonorrea de todo el pueblo. Te asqueaste. “!LA LUZ CELESTE TIENE LAS MEJORES CHICAS DEL PUEBLO!”. ¿Luz Celeste? ¿Era ese el nombre que dijo Boltarión?. “¿BUSCAS DIVERSIÓN? SÓLO LA LUZ CELESTE TIENE CHICAS DE ALTA CALIDAD, SÓLO EN LA LUZ CELESTE PODRÁS VERDADERAMENTE SACIAR TU LIBIDO”. ¿Era ese? Era algo “Celeste”... ¿Recuerdas?.
Entraste en la Luz Celeste. El olor a sexo y tabaco inundaba todo el establecimiento. Delante, una pianola tocaba desafinada una molesta melodía, al ritmo de la cual las chicas en el escenario se desnudaban. En la barra llena de sucios criminales y mal vivientes, se encontraba el resto de las chicas que con sucias palabras intentaban ganarse ese maravedí extra. No te hacía ninguna gracia el lugar. Te sentaste en la barra. El cantinero te preguntó si querías beber algo pero tú no respondiste. Estabas concentrado. “¿A qué hora se presenta Zuama? Preguntaste- Debe ser la siguiente buen hombre, contestó el tabernero, ¿Vino a ver el espectáculo de Zuama la Persa, no? Casi todos aquí viene por ese motivo- Sólo he oído rumores, dijiste al cantinero, pero muero por averiguar si son ciertos.- Ten por seguro que lo son, contestó”.
La pianola se calló. Tú dirigiste tu atención hacia el escenario. Una mujer morisca se encontraba parada con ambos brazos detrás de la cintura. Esperabas el momento. Una música arabesca comenzó a escucharse. La mujer movía hipnóticamente la cabeza de un lado al otro. Sus caderas comenzaron a moverse delicadamente de arriba hacia abajo, intercalando lados... bamboleándose de atrás hacia delante. Pasando un pie al frente, comenzó a mover el vientre como serpiente, asegurándose que sus caderas se notasen. Sus manos lentamente comenzaron a recorrer cara parte de su bronceada piel, teniendo especial cuidado de seguir meneando la cadera en aquel lascivo ritmo. Sus hombros hacían juego ahora con sus caderas. Tú seguías esperando. La danza se volvía cada vez más sugerente. Haciendo a sus manos atravesar delicadamente su vientre, llegó a su abultado pecho y lo dejó al descubierto. Te levantaste. Pocos supieron qué pasó a continuación. De unas cuantas zancadas atravesaste el lugar hasta llegar a la pianola y con un fugaz movimiento, decapitaste al hombre que la tocaba. Giraste con el impulso para enfrentar al alarmado público. Los pocos que no huyeron en pánico intentaron aniquilarte. Pero fallaron. Después de que mataras al último de tus agresores te dirigiste por tu objetivo. La mujer se encontraba en una esquina temblando, intentando cubrir su desnudez. ¿Qué decía?. No le entendiste ¿Cierto?. ¿Qué le dijiste tú?. La tomaste de la muñeca y la sacaste. El cantinero que se encontraba agazapado detrás del mostrador asomó la cabeza. Lo mataste mientras salías. Al salir te quitaste la pañoleta que cubría la mitad de tu rostro. No es como si hubiese sido necesario traerla... Bien sabías que nadie te recordaba. ¿Habrá sido tu ego el que insistió en cubrir tu rostro?.
Ambos tú y la muchacha desaparecieron en la oscuridad de la noche.
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Flama Victoriosa
domingo, agosto 13, 2006
Flama Victoriosa - III - Aurisiana
Estoy muy enojada. Hoy ordenan caballero a mi querido Boltarión, y por culpa de esta enfermedad no voy a poder ir. Odio las ceremonias, pero es un momento importante para mi hermanito... estoy tan orgullosa de él. Yo sé que no somos de misma madre, pero lo quiero como si fuésemos hermanos en su totalidad. Lo conocí cuando apenas tenía un año de edad, yo soy 3 años más grande, pero desde entonces lo he visto convertirse en todo un hombre de justicia. Cuando pequeños siempre solíamos jugar a ese juego... en ese en el que yo era la princesa y él el caballero que me rescataba... ¡cómo nos divertíamos!. Lo quiero tanto, no quiero perderme este evento tan importante para él. No, no lo haré. No puedo, iré aunque esté enferma... tengo que ir. Moza, por favor avisa a mi padre que voy a acudir a la ceremonia. No, no me importa estar enferma, tú ve y dile eso. Listo, ahora, ¿qué me voy a poner?, ¿dónde iba a ser la ceremonia? No, creo que no me dijeron. Ojalá sea donde mis padres se casaron... los Jardines de Larián, se llamaba, me parece. ¡Era precioso! Recuerdo que los caminos eran de mármol de Sarián, el ambiente estaba lleno del aroma de las cientos de miles de flores... Había una jardinera preciosa... ¿qué flores eran esas? No me acuerdo, ¿eran tulipanes?... no, esos no sobreviven en este clima... ¿qué sería?... ¡Ah! Y la terraza era preciosa también... tenía como un techo... pero no me acuerdo... ¿Era blanco?. ¡No! Dígale a mi padre que pienso ir... ¡Sí! No me importa la enfermedad... No, no puede prohibírmelo. Sí, me estoy tomando mi medicina... No, la de Cirabriela de Toletán... sí. Demonios, dígale que venga... Carajo, mi padre suele ser tan necio, siempre es lo mismo. ¿En qué le incomoda que yo vaya?, el doctor dijo que estoy fuera de peligro. Digo, me duele un poco el pecho, pero ya no es tan insoportable como antes... sólo quiero ir a la ceremonia, no a la fiesta... No me voy a arriesgar tampoco. Aunque dicen que el apuesto caballero de la Flama Victoriosa estará en la ceremonia y en la fiesta. Jamás lo he visto, pero me dijo Cirabriela, que es su madrastra, que es muy bien parecido. Jamás se fijaría en mi, siendo yo tan enfermiza y débil... pero no deja de ser una maravillosa oportunidad de ver al legendario caballero... ¡Ah! Y quizá mi hermano me lo pueda presentar... ¡Imagínate si pudiera yo hablar con él! Ay no, qué pena... yo en tan mal estado... pero ¿te imaginas? ¿Que hable con el gran Seramís? ¿Y qué tal que se enamore de mi? ¡No! No podría... ¿Pero y si sí? Y nos enamoramos... y luego nos casamos... Aurisiana y Seramís... suena bonito. Y así... y así... ¡Ahhh! ¡Y así quizá podría serle de más ayuda a Boltarión! Pues Seramís y Boltaríon serían familia... y entonces... Ah... ¡Quiero ir a la ceremonia!. Padre, ahora sí... no, no me he tomado la medicina del doctor del Este, Cirabriela dijo que era un hechicero malvado... Sí, claro que confío en ella, es familiar de Seramís de Zórvila a fin de cuentas, ¿Tú no confías en ella?. No papá... no... Sí, estoy segura de que quiero ir... Nada más a la ceremonia. Porque es un momento muy importante para mi hermano. Te prometo que regreso después de la ceremonia. Sí. Gracias papá. ¡Perfecto! ¡Qué alegría! Voy a poder ir a ver a mi hermanito en el momento más importante de su vida... y quizá conozca al Seramís de Zórvila. Bien, ¿Qué me pongo?. ¡Mozas! Me voy a vestir, ayúdenme por favor... Cierto, mi medicina. Cirabriela es una mujer tan buena, ¡y muy talentosa! Su medicina me ha quitado los malestares de manera increíble... ¡Mozas! ¿Dónde están?. ¡Ah! Señora Cirabriela de Toletán... ¿Qué hace usted aquí?. Pero la medicina que tengo funciona, ¿para qué necesito esa?. ¿Cómo se enteró de que iba a salir?... Ah... ¡Ah! De acuerdo, ya entendí, entonces... ¿Esa nueva medicina es de prevención por si quiero salir? Para que la gente no se contagie, ¿no?. Ah, perfecto, también eso. Sí, no quiero empeorar. ¿Ya se va?. ¿Usted también va a la ceremonia de mi hermano?. Qué bueno. Dicen que irá su hijo, Seramís. Sí, me había dicho que era muy apuesto. ¿De verdad? ¿Haría eso por mi? ¡Gracias!. No, no creo que se enamore de mi... Jé, gracias, pero no soy tan bonita... soy débil y enfermiza. ¿Usted cree?. Pues sí... sí me gustaría. ¿De verdad?. Muchísimas gracias. Nos vemos en unas horas. No es posible que sea cierto. Pero ¿sí será posible?, ¡Ay! ¡Necesito a esas mozas! Voy a lucir espectacular aunque enferma. Es muy buena Cirabriela por traerme esta nueva medicina. Voy a tomármela de una buena vez. ¡Caray! Olvidé preguntar si con este nuevo medicamento iba a poder ir a la fiesta... Sabe horrible... Ay... me siento mal, tengo nauseas, necesito ir al baño. No veo... muchas lágrimas en los ojos, necesito limpiarme. ¡Ouch! ¿Qué hacía esa cosa ahí?. ¿¿Alguien me escucha??. Necesito ayuda, no me puedo levantar... ¡No me puedo mover!... no... mi cabeza... se adormece. Tengo miedo, ¿Me voy a morir? No me quiero morir. No me quiero morir. No me quiero morir. Boltarión, no puedo hacerle esto a Boltarión. No me quiero morir. Necesito ayuda. Boltarión... discúlpame. ¿Por qué ahorita?... Cirabriela... ¡Esa bruja!... ¿Será?... Pero.... no creo, ¿o sí?. ¿La medicina de Cirabriela? ¿Me mató su medicina?... no... no puedo morir. Debo abrir los ojos... No puedo morir hoy. ¿Por qué?.
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Flama Victoriosa
sábado, julio 29, 2006
Flama Victoriosa - II - Leonidio
Otra aventura había sido completada satisfactoriamente. Leonidio y Seramís esperaban sentados en el suelo el llamado al abordaje de la Galera Real. Boltarión y Amargel, mientras tanto, se encontraban a la orilla del Puerto, fumando, charlando y disfrutando del ambarino atardecer. No había mucho movimiento ese día. El empedrado estaba casi vacío, sólo había unos cuantos cargadores, transportando mercancía de un navío al otro. Seramís estaba realmente feliz de haber completado la misión sin que surgiese ningún problema. Giró un poco la cabeza y miró a Leonidio que estaba casi dormido. Era increíble que aquel muchacho que desde pequeño le había sido encomendado, hubiese resultado tan gallardo y valiente caballero. En la época en la que la leyenda de Seramís apenas comenzaba, un niño de poco más de 5 años le había sido entregado por su agonizante madre, con la humilde petición de que lo formase caballero andante, que se le instruyeran valores de moral y justicia universal, y que le fuese otorgado el poder de una espada que protege desinteresadamente al necesitado. Fue duro al principio, sin embargo, había resultado todo un éxito. Leonidio era como su hijo, y para este, Seramís era como su padre.
“En seguida vuelvo” Dijo Amargel a Boltarión mientras se dirigía hacia Seramís.
“¿Listo para volver, Flama Victoriosa?” Preguntó Amargel a Seramís.
“Más que nunca” respondió satisfecho, “Qué me dices tú?”. “No del todo, Seramís, aún tengo algunas cosas que hacer” dijo Amargel sosteniendo en su mano una carta. Seramís la vió con desinterés. “¿Qué es eso?” dijo mientras la tomaba para echar un vistazo más de cerca. Era una carta de Aurisiana, la prometida de Seramís, media hermana de Boltarión. “¡¿Qué demonios es esto?!” Gritó Seramís al leerla. Pero apenas levantó la mirada, Amargel arremetió con un poderoso golpe de su espada. Seramís rodó a un lado, pateando al adormecido Leonidio fuera del peligro. Leonidio despertó confundido. Seramís se puso de pie e hizo frente a Amargel. Pero no hubo terminado de desenvainar su espada cuando una lluvia de flechas incendiarias atravesó el cuerpo Amargel. Boltarión guardó su arco. Creyeron que habían derrotado a Amargel, pero este se levantó inmediatamente después de tocar el suelo. Mirando con furia a su agresor, arremetió contra él. Boltarión dio un paso atrás y tomó el primero de sus 3 floretes. Amargel tomo con ambas manos su espada. Boltarión se quedó quieto. Ambos precipitaron sus espadas. Boltarión en un parpadeo desenvainó. Ambos metales chocaron, pero la velocidad superior de Boltarión provocó tal rebote al sable de Amargel que le hizo retroceder varios pasos y perder el equilibrio. Mientras tanto, Leonidio, sospechando que magia mantenía con vida a Amargel, había ya descifrado el nombre del maligno hechizo. Era el hechizo de rencor "Aniquila". No iba a morir hasta haber puesto fin a la vida de su víctima. Seramís atacó con una serie de sablazos que ágilmente fueron evadidos por su antes compañero de batallas, que aprovechaba el desequilibrio que los ataques causaron a Seramís, para hacer una profunda herida en su pierna derecha. Seramís gritó de dolor. De su herida brotaron chispas que después se transformaron en una flama que inmediatamente cerró la lesión. Seramís, ahora sandado, se abalanzó ferozmente sobre Amargel y le embistió, dando con él en el suelo. Amargel intentó levantarse, pero Seramís le empaló en con su espada. Leonidio rápidamente colocó la punta de su espada en la cabeza de Amargel y profirió un contra-conjuro. Al fin, sangre comenzó a salir por todas las heridas de Amargel y lentamente murió.
Boltaríon y Seramís se quedaron perplejos mirando el cadáver de su compañero. “¿Qué fue lo que pasó?, preguntó Boltarión. Iba Seramís a responderle cuando Leonidio notó la carta que Amargel había entregado a Seramís, y que ahora era llevada por el aire. Le atrapó. Pero de la firma de Aurisiana salieron arañas que pronto invadieron el brazo de Leonidio. En pánico comenzó a agitar el brazo. Boltarión y Seramís se alertaron y corrieron en su ayuda. Pero ahora, donde estaba la carta, se encontraba Aurisiana. Seramís se detuvo. “¿¿Qué demonios sucede aquí??” gritó Boltarión, “Aurisiana, ¿Qué significa todo esto?”. Leonidio se había ya deshecho de los bichos y estaba en el suelo, cerca de la orilla del muelle. Aurisiana levantó la mirada y se dirigió con una dulce voz a Seramís, “Amor mío... ¿Qué sucede? ¿No estás feliz de verme?”. Seramís estaba demasiado confundido para contestarle. “Acabaron ya con el Dragón de Peña Negra... no me son de más utilidad” Dijo Aurisiana al ver que su amado no le contestaba. Tras esto, su rostro comenzó a deformarse lenta y sutilmente creando la imagen de una nueva persona. “Cirabriela...” Dijo Seramís, casi susurrando. “La boda se cancela, amor mío” dijo Cirabriela con una pícara sonrisa en el rostro. “¿La conoces, Seramís?” Preguntó Boltarión. “Sí” Respondió después de unos instantes, “... Es mi madrastra”. “¿Tu madrastra?...” Preguntó confundido Boltarión. “Ella es... ¡Cirabriela de Toletán!” dijo finalmente Leonidio, “¿¿Qué le has hecho a Aurisiana??”, gritó el joven caballero. Cirabriela le miró con desprecio. “Está muerta desde hace años”, dijo finalmente. Seramís sintió un enorme dolor en el pecho. “¿Duele, gran caballero de la Flama Victoriosa?”, dijo riendo la mujer. A Seramís le faltaba el aire... su cabeza daba vueltas. Tras unos segundos, perdió el equilibrio y se arrodilló. “¡Mientes!” Gritó Boltarión, “¡Mi media hermana está viva, la vimos antes de comenzar esta empresa, esto es sólo uno de tus hechizos!”. Cirabriela soltó una enorme carcajada, “Tu hermana murió enferma el mismo día que te ordenaste caballero” dijo, “Desde entonces he sido yo quien tomó su lugar”. “Mentira...” susurró Boltarión. Seramís ya había pasado de la perplejidad a la furia. Leonidio tomó su espada y comenzó a acercarse lentamente a la engañosa mujer. No comprendía muy bien qué sucedía... pero estaba seguro que debía ser eliminada. Tomando una de sus hombreras la lanzó cuidadosamente a un costado de Cirabriela con el propósito de distraerle. Esta volteó inmediatamente por el ruido de la pieza de metal y Leonidio aprovechó para atacar. Seramís hizo lo mismo, sin embargo en el momento en el que este último llegó a su objetivo, Cirabriela había mágicamente cambiado lugares con Leonidio. Ensangrentado, el cuerpo del muchacho se desplomó en el empedrado del muelle.
Seramís lloró.
Cirabriela escapó esa vez, moriría a manos de Seramís años más tarde, antes de que este abandonara la caballería.
“En seguida vuelvo” Dijo Amargel a Boltarión mientras se dirigía hacia Seramís.
“¿Listo para volver, Flama Victoriosa?” Preguntó Amargel a Seramís.
“Más que nunca” respondió satisfecho, “Qué me dices tú?”. “No del todo, Seramís, aún tengo algunas cosas que hacer” dijo Amargel sosteniendo en su mano una carta. Seramís la vió con desinterés. “¿Qué es eso?” dijo mientras la tomaba para echar un vistazo más de cerca. Era una carta de Aurisiana, la prometida de Seramís, media hermana de Boltarión. “¡¿Qué demonios es esto?!” Gritó Seramís al leerla. Pero apenas levantó la mirada, Amargel arremetió con un poderoso golpe de su espada. Seramís rodó a un lado, pateando al adormecido Leonidio fuera del peligro. Leonidio despertó confundido. Seramís se puso de pie e hizo frente a Amargel. Pero no hubo terminado de desenvainar su espada cuando una lluvia de flechas incendiarias atravesó el cuerpo Amargel. Boltarión guardó su arco. Creyeron que habían derrotado a Amargel, pero este se levantó inmediatamente después de tocar el suelo. Mirando con furia a su agresor, arremetió contra él. Boltarión dio un paso atrás y tomó el primero de sus 3 floretes. Amargel tomo con ambas manos su espada. Boltarión se quedó quieto. Ambos precipitaron sus espadas. Boltarión en un parpadeo desenvainó. Ambos metales chocaron, pero la velocidad superior de Boltarión provocó tal rebote al sable de Amargel que le hizo retroceder varios pasos y perder el equilibrio. Mientras tanto, Leonidio, sospechando que magia mantenía con vida a Amargel, había ya descifrado el nombre del maligno hechizo. Era el hechizo de rencor "Aniquila". No iba a morir hasta haber puesto fin a la vida de su víctima. Seramís atacó con una serie de sablazos que ágilmente fueron evadidos por su antes compañero de batallas, que aprovechaba el desequilibrio que los ataques causaron a Seramís, para hacer una profunda herida en su pierna derecha. Seramís gritó de dolor. De su herida brotaron chispas que después se transformaron en una flama que inmediatamente cerró la lesión. Seramís, ahora sandado, se abalanzó ferozmente sobre Amargel y le embistió, dando con él en el suelo. Amargel intentó levantarse, pero Seramís le empaló en con su espada. Leonidio rápidamente colocó la punta de su espada en la cabeza de Amargel y profirió un contra-conjuro. Al fin, sangre comenzó a salir por todas las heridas de Amargel y lentamente murió.
Boltaríon y Seramís se quedaron perplejos mirando el cadáver de su compañero. “¿Qué fue lo que pasó?, preguntó Boltarión. Iba Seramís a responderle cuando Leonidio notó la carta que Amargel había entregado a Seramís, y que ahora era llevada por el aire. Le atrapó. Pero de la firma de Aurisiana salieron arañas que pronto invadieron el brazo de Leonidio. En pánico comenzó a agitar el brazo. Boltarión y Seramís se alertaron y corrieron en su ayuda. Pero ahora, donde estaba la carta, se encontraba Aurisiana. Seramís se detuvo. “¿¿Qué demonios sucede aquí??” gritó Boltarión, “Aurisiana, ¿Qué significa todo esto?”. Leonidio se había ya deshecho de los bichos y estaba en el suelo, cerca de la orilla del muelle. Aurisiana levantó la mirada y se dirigió con una dulce voz a Seramís, “Amor mío... ¿Qué sucede? ¿No estás feliz de verme?”. Seramís estaba demasiado confundido para contestarle. “Acabaron ya con el Dragón de Peña Negra... no me son de más utilidad” Dijo Aurisiana al ver que su amado no le contestaba. Tras esto, su rostro comenzó a deformarse lenta y sutilmente creando la imagen de una nueva persona. “Cirabriela...” Dijo Seramís, casi susurrando. “La boda se cancela, amor mío” dijo Cirabriela con una pícara sonrisa en el rostro. “¿La conoces, Seramís?” Preguntó Boltarión. “Sí” Respondió después de unos instantes, “... Es mi madrastra”. “¿Tu madrastra?...” Preguntó confundido Boltarión. “Ella es... ¡Cirabriela de Toletán!” dijo finalmente Leonidio, “¿¿Qué le has hecho a Aurisiana??”, gritó el joven caballero. Cirabriela le miró con desprecio. “Está muerta desde hace años”, dijo finalmente. Seramís sintió un enorme dolor en el pecho. “¿Duele, gran caballero de la Flama Victoriosa?”, dijo riendo la mujer. A Seramís le faltaba el aire... su cabeza daba vueltas. Tras unos segundos, perdió el equilibrio y se arrodilló. “¡Mientes!” Gritó Boltarión, “¡Mi media hermana está viva, la vimos antes de comenzar esta empresa, esto es sólo uno de tus hechizos!”. Cirabriela soltó una enorme carcajada, “Tu hermana murió enferma el mismo día que te ordenaste caballero” dijo, “Desde entonces he sido yo quien tomó su lugar”. “Mentira...” susurró Boltarión. Seramís ya había pasado de la perplejidad a la furia. Leonidio tomó su espada y comenzó a acercarse lentamente a la engañosa mujer. No comprendía muy bien qué sucedía... pero estaba seguro que debía ser eliminada. Tomando una de sus hombreras la lanzó cuidadosamente a un costado de Cirabriela con el propósito de distraerle. Esta volteó inmediatamente por el ruido de la pieza de metal y Leonidio aprovechó para atacar. Seramís hizo lo mismo, sin embargo en el momento en el que este último llegó a su objetivo, Cirabriela había mágicamente cambiado lugares con Leonidio. Ensangrentado, el cuerpo del muchacho se desplomó en el empedrado del muelle.
Seramís lloró.
Cirabriela escapó esa vez, moriría a manos de Seramís años más tarde, antes de que este abandonara la caballería.
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Flama Victoriosa - I - Legendario
El galante atuendo que Boltarión portaba dejó perplejos a todos en el recinto. Dio una orden con la mano y ambas sus escoltas se amartillaron en la puerta de madera. Comenzó a caminar cuidadosamente por el lugar, examinando uno a uno a los hombres que, extrañados y con aspecto tosco, no dejaban de inspeccionarle. No era una estancia muy grande, pero estaba llena de toda clase de criminales y zánganos sucios y malolientes y sin embargo, ocultando su desagrado, continuó su búsqueda. Al fin, le encontró dormitando y ebrio al fondo de la taberna, con un camisón manchado y su largo cabello desaliñado, unos pantalones en harapos y con un par de botas desgastadas. Era el mismísimo Seramís de Zórvila, el legendario “Caballero de la Flama Victoriosa”. Se encontraba mal sentado en un banquillo de madera, recargado en la grasienta pared, con la cabeza baja y la mano izquierda sosteniendo una botella. Levantó el rostro para darle un trago al casi vacío envase y fue cuando notó que Boltarión se le aproximaba. Con expresión de descontento, dejó la botella en la mesa y con tambaleante equilibrio se puso de pie, mientras Boltarión le observaba atento al irse acercando. Seramís pasó su mano izquierda al cinturón y tomó la empuñadura de su espada. Las personas a su alrededor, que no dejaban de verle, cuidadosamente se pusieron de pie y se comenzaron a alejar. Boltarión notó las intenciones del caballero y pasó mano al primero de los 3 floretes en su cinturón. Seramís desenvainó su tizona y la ondeó a una mano con torpeza. Boltarión siguió aproximándose. Seramís levantó la mirada. Boltarión se detuvo. Y ambos esperaron.
Seramís abrió los ojos. La luz le molestaba. Después de unos minutos, se talló el rostro y comenzó a inspeccionar el lugar. Estaba siendo transportado en un lujoso carruaje. Sus ropas ahora estaban limpias; y delante de él, mirándole atentamente, se encontraba Boltarión. Las preguntas comenzaron a surgir, y casi al mismo ritmo, las respuestas hicieron su aparición. Seramís no estaba contento. El paisaje que se podía contemplar al otro lado de las ventanas del carro consistía en un bosque rojo. Gigantescos árboles de tallo marrón claro estaban coronados por hojas rojas como la sangre. El bosque del Renacer.
“¿Y qué si me niego?” bufó Seramís con una mirada de odio hacia su captor. “Sabes que no puedo amenazarte con nada, Seramís de Zórvila...” Respondió Boltarión, “Sin embargo, al Caballero de La Flama Victoriosa del cual hablan las leyendas no hay por que amenazarle, el simple código de moral y rectitud que rige sus actos le obliga a emprender incluso las más inesperadas empresas en nombre de la justicia...”. “¿Caballería andante? Vamos, sabes que los caballeros andantes no existen, eso que dices son sólo cuentos de hadas” Dijo finalmente Seramís no muy convencido de su posición. Ambos se quedaron en silencio. “Sabes muy bien que estás obligado a ayudarme... la memoria de Leonidio te obliga” Dijo Boltarión después de un largo silencio, “Sabes perfectamente que no fuiste el único traicionado”. Seramís no contestó y desvió la mirada. “¿Qué me dices de Galadeco de Toletán?” Preguntó Seramís, “¿Por qué no él?”. Boltarión le miró furioso, “Sólo tú puedes hacerlo”, dijo. “Pues lo siento, viejo amigo” contestó inmediatamente Seramís, “Pero no seré yo esta vez".
Seramís abrió los ojos. La luz le molestaba. Después de unos minutos, se talló el rostro y comenzó a inspeccionar el lugar. Estaba siendo transportado en un lujoso carruaje. Sus ropas ahora estaban limpias; y delante de él, mirándole atentamente, se encontraba Boltarión. Las preguntas comenzaron a surgir, y casi al mismo ritmo, las respuestas hicieron su aparición. Seramís no estaba contento. El paisaje que se podía contemplar al otro lado de las ventanas del carro consistía en un bosque rojo. Gigantescos árboles de tallo marrón claro estaban coronados por hojas rojas como la sangre. El bosque del Renacer.
“¿Y qué si me niego?” bufó Seramís con una mirada de odio hacia su captor. “Sabes que no puedo amenazarte con nada, Seramís de Zórvila...” Respondió Boltarión, “Sin embargo, al Caballero de La Flama Victoriosa del cual hablan las leyendas no hay por que amenazarle, el simple código de moral y rectitud que rige sus actos le obliga a emprender incluso las más inesperadas empresas en nombre de la justicia...”. “¿Caballería andante? Vamos, sabes que los caballeros andantes no existen, eso que dices son sólo cuentos de hadas” Dijo finalmente Seramís no muy convencido de su posición. Ambos se quedaron en silencio. “Sabes muy bien que estás obligado a ayudarme... la memoria de Leonidio te obliga” Dijo Boltarión después de un largo silencio, “Sabes perfectamente que no fuiste el único traicionado”. Seramís no contestó y desvió la mirada. “¿Qué me dices de Galadeco de Toletán?” Preguntó Seramís, “¿Por qué no él?”. Boltarión le miró furioso, “Sólo tú puedes hacerlo”, dijo. “Pues lo siento, viejo amigo” contestó inmediatamente Seramís, “Pero no seré yo esta vez".
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